Barberos cirujanos y sangradores en el siglo XVIII

Indagando hace unos meses en nuestro Archivo Histórico Municipal sobre la Chiclana del siglo XVIII encontré un interesante documento de 1760: el llamado Catastro del marqués de la Ensenada, realizado por eclesiásticos, en el que aparecían en uno de sus apartados los sangradores barberos de la villa. Es un censo de los vecinos de la época en el que se reflejan datos relativos a la edad, oficio o cargo, composición de su familia, así como el caudal que obtenía ejerciéndolo. En la villa, por aquellos años, ejercían dos sangradores y un oficial de barbero cirujano: Antonio Aragón Serrano de cincuenta y dos años y Francisco Javier (aparece sin apellidos), y el hijo mayor de Antonio –era propio que el oficio se transmitiese de padres a hijos–. También había un cirujano titulado, dos médicos y dos boticarios.

La figura del barbero cirujano a lo largo de la Edad Moderna es una de las más representativas en la sociedad española. Quizás el más conocido o al menos el más mencionado de la historia y literatura española sea Rodrigo de Cervantes, el padre de Miguel de Cervantes y Saavedra, tal vez por las veces en que ha sido renombrado en las diversas biografías del autor de El Quijote. También en El Quijote se nombra a barberos cirujanos: “… había un sangrador que también hacía de barbero, hombre muy entendido y muy práctico, por lo cual le llamaban unos el barbero físico, y otros el físico sangrador”, sin olvidarnos de uno de los personajes del libro, el barbero maese Nicolás.

El oficio de sangrador o barbero cirujano o flebotomianos en la España del Antiguo Régimen se hallaba en manos de profesionales de muy distintas nominaciones con variadas formas y maneras de atención a los enfermos. Se agrupaban en gremios, o bien se unían para ejercer su oficio ofreciendo igualas a los vecinos y entre ellos cubrían sus periodos por enfermedad, invalidez y vejez. Habitualmente atendían en una tienda o taller situado debajo de la casa donde vivía el grupo doméstico del profesional. Sus prácticas eran diversas: desde un buen corte de pelo –entre otras cosas para eliminar piojos y parásitos–, sacar muelas, curar heridas y úlceras, abrir abcesos y forúnculos, aplicar ventosas o sanguijuelas, inmovilizar, reducir luxaciones y, por supuesto, realizar sangrías. Estas eran, sin la menor duda, una de las prácticas más cotidianas y también, una de las más delicadas. Las sangrías solían hacerse en presencia del médico o contando con su autorización.

Tanto en Europa como en España, los sangradores y barberos cirujanos datan de la Edad Media, del siglo XIII, y se establecieron como gremio en villas y aldeas. En nuestro país los Reyes Católicos, para regular el oficio, mandaron promulgar la Pragmática de 1500, e instituyeron el Protomedicato, el Protocirujanato y el Protobarberato con el fin de evitar intrusismos.

Un caso de intrusismo lo hayamos en 1707, en un memorial de Juan Francisco de Sierra, cirujano y vecino de la Villa, que se dirigía al Cabildo exponiendo: “… Examinado y aprobado por el Real Protomedicato cuios (cuyos) despachos siendo necesario protesto presentar paresco ante Vm, en forma devida y digo que estan usando del arte de dicha sirujia en esta Villa y aviendo curado de una herida a Diego Sanchez Pollo de orden de Vmd es asi que Sebastian Sucar de nazion Genobes de su propia autoridad y sin poderlo haser por no ser sirujano se a intrometido a curar al dcho Diego Sanchez Pollo en contravension de lo mandado por Vmd, resultando de lo referido notable perjuicio contra el arte de la sirujia y deesto puede resultar daño notable a las personas que curase el dcho Sevastian Sucar y para obiar semejantes atropellamientos= A Vmd, pido y suplico mande se le notifique al referido no use el arte de dcha sirujia sin que primero aia (haya) presentado despachos del Real Protomedicato imponiendole graves Penas si continuase las dhas curasiones que en ello es Justicia a que pido y para ello &ª.= Francisco de Sierra”. Por lo que el Cabildo dictaba auto: “… notifiquesele a Sevastian Sucar contenido en esta peticion q. exiva (exhiba) los titulos q. tiene de sirujano para reconoser si son lexitimos y despachados por el protomedicato de Su Mag. asi tomando el S. Dn. Juan Antonio de Castro y Molina theniente de Corregidor desta villa de Chiclana de la fronª ha veinte y tres dias del mes de Septiembre de mill setecientos siete años”. Y la firmaba el propio teniente corregidor y el escribano del cabidlo, Juan de Molina y Caniego.

En 1730 era preciso presentar ante el Cabildo la credencial de sangrador, o cirujano de tercera clase, es decir, el título de sangrador para evitar intrusismo. Para ser sangrador o barbero cirujano no se necesitaba pasar por la universidad, pero debían de haber superado unos exámenes en el Real Protomedicato y Protobarberato y así se le confería en título de Sangrador Flobotomiano, después de haber realizado prácticas durante cuatro años. Era una manera de evitar el intrusismo profesional.

Años después, en 1768, uno de los médicos, Juan José Arellano presentaba, del mismo modo, una instancia ante el Cabildo para denunciar que Miguel Ricardo Fernández, cirujano revalidado: “… se intromette a mandar sangrar y purgar a los enfermos que por su facultad quirurxica (…) le es enteramente prohivido (…) no resette evacuacion alguna de sangre (…) deve contener y mandar que cada facultativo se siña a solas aquellas facultades que le franqueé su facultad (…) que el nominado Dn. Miguel exhiva su titulo apremiandole a ello (…) baxo de las graves penas”. El auto del Cabildo fue similar al anterior caso.

Todo ello, a través de los años, llegó a mejorar las funciones y prácticas de cada uno de los oficios introduciendo nuevas normas y doctrinas. El Protobarberato no desaparece como tal hasta la promulgación de la Real Cédula de Carlos III, en 1780, instaurándose la figura del Practicante –persona legalmente capacitada para realizar operaciones de cirugía menor, hacer curar, poner inyecciones o administrar medicinas–, en sustitución de la anterior titulación.

José Napoleón Bonaparte en Chiclana

El 19 de febrero de 1810 –ayer hizo 210 años– el Cabildo de Chiclana esperaba inquieto a la entrada de la villa por el camino de la Isla de León, a que llegase un rey desde Jerez de la Frontera. Lo esperaban el día antes, pero no vino. El monarca era, un rey intruso en el reino de España y de las Indias: Josef Napoleón I, hermano del emperador de los franceses, que andaba visitando los pueblos de la provincia de Cádiz. Ese día pernoctaría en la villa chiclanera. Poco conocemos de esta breve estancia, salvo que fue agasajado por la elite local –civil y eclesiástica–, afrancesados, juramentados y miembros del ayuntamiento chiclanero, a los que confirmó en su empleo (corregidor, regidores y resto de empleados).

Se hospedó en la fue la Casa Grande de don Alejandro Risso –actual edificio del Ayuntamiento– y no en una de las casas, como se creía, del marqués de Montecorto en la calle Hormaza, cosa que descubrió hace unos años, el investigador Jesús Damián Romero Montalbán en nuestro Archivo Histórico Municipal. Era esta, posiblemente, la mejor casa de la villa, y su administrador, José Sibelo, obtendría por ello la exoneración de contribuciones, un sueldo de ocho reales diarios y otros privilegios más. También se hospedaría en ella, en julio de 1812, el mariscal Soult, duque de Dalmacia, el llamado virrey de Andalucía. Así se recoge en el acta capitular del día 4 de julio: “…se provea el Almacen de Paja para sus caballos y equipajes, y se amueble la Casa de Risso que es la que esta destinada para el alojamiento de su Excelencia”.

Al margen de la constancia de la llegada real tenemos en la iglesia de Jesús Nazareno un óvalo en un altar que según contó Domingo Bohórquez –precursor y autor en el siglo XX de una amplia historiografía sobre temas chiclaneros y que fue ejemplo de erudito y versátil geógrafo, demógrafo e historiador incansable– está dedicado a la figura de este rey, Josef Napoleón I. Para aquellos que nos sentimos mil veces deudores de nuestro añorado, Domingo, no es fácil decir que estaba errado. A él le debemos una obra completísima y fundamental para conocer y profundizar en la historia de la ciudad. Entre sus estudios publicados se halla el libro, El Convento Recoleto de Jesús Nazareno de Chiclana de la Frontera (1998). En dicha investigación señala que, en la parte superior de una de las capillas laterales, la que actualmente se haya en su hornacina la imagen de Ntra. Sra. de los Dolores, “… se encuentra un óvalo con el nombre del rey José I Bonaparte”.

Sin embargo, desde nuestra más modesta opinión, creemos que no es así. Es cierto que lo parece. No obstante, existen evidencias y razones para que nos detengamos en ello y dejemos fijados para siempre esta sencilla y a la vez rica discusión –sana discusión entre los que conocemos la historia del óvalo– en el que se puede leer: IOSEPH. Hay que fijar bien la vista, observarlo mejor o tomar una buena fotografía, para constatar que en realidad lo único que existe es el nombre, nada más, de José en latín como corresponde al marido de la Virgen María. ¿Porqué IOSEPH? Pues porque el altar primitivamente se encontraba bajo la advocación de San José. En páginas posteriores (la 307) lo relata el propio Domingo en el tercio final del libro: “Desgraciadamente los gustos imperantes en cada época han ido desdibujando las distintas advocaciones bajo las cuales se construyeron capillas y retablos y creemos que, prácticamente, ninguno conserva sus titulares. En el siglo XVII sabemos que existían tres capillas laterales bajo las advocaciones de Jesús, María y José, donadas a don Carlos Presenti, en 1672”. Por tanto, es el propio Domingo quien nos da la primera pista, y de ello se deduce que una talla de San José o la de “San José y el Niño”, que ahora se encuentra en un altar frontal delante del retablo y capilla mayor, en el lado derecho, estaba en el altar en el que actualmente se halla Ntra. Sra. de los Dolores.

Como el tema resultaba chocante, investigamos en diversas iglesias bajo la advocación del santo. El nombre de IOSEPH está inscrito, como en nuestra iglesia, unas veces arriba de la talla o imagen; otras debajo, pero siempre en el mismo orden en que aparecen las letras, es decir, permanece de manera inalterable. En función de la época o periodo histórico que se construyeron las hornacinas de las capillas la disposición de las letras se agrupa de manera diferente. De esta manera, durante los siglos XVI al XVIII, las letras finales, PH están engarzadas. Ese es nuestro caso, lo que puede llevar a confusión, pues la línea final de la hache nos puede parecer la letra I mayúscula, de primero –en numeración romana–. En realidad, debería aparecer: IOSEPHI. Si estuviese dedicado a un rey, el óvalo debería estar surmontado por una corona real, similar a la corona de Carlos III que se halla en el púlpito de la iglesia de Santiago en Cádiz.

En una revisión bibliográfica sobre José I y su relación con la iglesia de España no hemos hallado nada similar, salvo el blasón (sin nombre alusivo) en el exterior de la iglesia del convento de San Benito en Valladolid, único en la fachada de una iglesia en nuestro país. Por otra parte, es necesario conocer que el rey José I decretó, en 1810, la supresión de todas las órdenes religiosas, sobre todo las masculinas, exclaustrando a sus moradores. En Madrid construyó plazas públicas sobre las ruinas de iglesias y conventos que previamente había mandado destruir. No, no mereció honor alguno para dedicarle un altar. No fue una verdadera Majestad Católica como sus antecesores en el trono de España. Del mismo modo, que no fue bebedor, a pesar que la leyenda española lo tachó de borracho. Fue otras cosas y quiso ser, un buen rey, pero no se lo permitieron ni los españoles, ni las circunstancias. Por tanto, no había razón alguna para dedicarle un altar con su nombre por el solo hecho de pernoctar una noche en la villa chiclanera.

Chiclana antes de la batalla

A principios de marzo de 1811, los habitantes de la villa de Chiclana se hallaban inmersos en una difícil encrucijada después de un año soportando el peso –moral y económico– del mantenimiento del Primer Cuerpo del Ejército Imperial del Mediodía francés. Muchos chiclaneros habían perdido familiares, bien por enfrentamiento con el ejército francés, bien por inanición. Además, su economía estaba mermada como consecuencia de las cargas fiscales impuestas por los invasores: las temidas contribuciones mensuales y el aumento de arbitrios municipales a productos de primera necesidad. A ellas había que añadirles los gastos que debían sufragar en utensilios, comidas para los jefes y oficiales, así como los granos, paja y leña para la tropa; la atención al hospital militar, y al lazareto instalado fuera de la villa. Y como la hacienda municipal no tenía caudales suficientes para atender todas las demandas que se les exigía, la Comisión Imperial de secuestros de bienes decidió que los primeros en sufrir la merma en sus caudales y patrimonio fuesen los llamados emigrados: vecinos de Cádiz, la gran mayoría con casas y tierras de labor o ganadería en Chiclana, que se marcharon a Cádiz dejando a un administrador o apoderado en la villa. Entre estos, el Conde del Parque, la condesa viuda de Retortillo, el conde del Pinar, la marquesa de Montecorto o la familia Rabasquiero. Por otra parte, los vecinos pequeños agricultores y ganaderos, los que formaban la clase de vecinos pudientes, fueron los siguientes en la obligación de contribuir a los gastos con sus cortos caudales y la entrega de reses vacunas para alimentar al ejército de ocupación. No solo sufrían calamidad en sus ganados, sino que también debían acoger en sus casas a oficiales y suboficiales menguando así, aún más, sus caudales. Lo único que podían hacer era protestar ante la Municipalidad mediante un memorial (una carta-instancia) que en junta o cabildo se procedía a leer, debatir y resolver; unas veces exonerando al vecino a pagar la contribución y otras rebajando su importe.

La penuria alcanzó cuotas tan importantes que muchos vecinos morían por falta de subsistencia, pues la hogaza de pan, el alimento más esencial en aquel periodo había aumentado de precio por el arbitrio municipal impuesto y por la falta de trigo, pues para abastecer a la villa hacían falta 80 fanegas de trigo diarias que producían 2.340 hogazas de pan. Los vecinos protestaron, pero fueron inútiles sus quejas. Incluso faltó el trigo y la cebada para que los agricultores pudiesen sembrar en el tiempo de la sementera. En febrero de 1811 continuaba las peticiones a la Municipalidad. Así, se recibía una carta-orden del comisario de guerra en la que se solicitaba que “le diese razón escrita de todos los granos, aceite y vino que ha producido esta villa”. Mientras tanto, la guerra infligía severos golpes a las patrullas francesas, por lo que el mariscal Soult mandó “arrasar y allanar lo muros, vallados de los caminos y veredas”.

Antes de finalizar el mes, una operación militar aliada estaba en marcha para romper el cerco a Cádiz. ¿Quedaría entonces Chiclana liberada del yugo francés? Las primeras tropas embarcaron desde la capital gaditana el día 21 en dirección a la bahía de Algeciras, y no sin grandes dificultades, al amanecer del día 5 de marzo, alcanzaron la loma del Puerco…

Una Semana Santa diferente

No es la primera vez que una epidemia amenaza o azota a la ciudad. Desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XX nuestra población ha padecido innumerables epidemias, pero nunca, por su dimensión global y su repercusión sanitaria y económica, ha tenido –va a tener– tan graves consecuencias. Aunque el descenso demográfico sea mínimo, cualquier pérdida de vida ya es triste y doloroso, porque la vida, la vida humana, es ahora mucho más preciada, digamos que tiene más valor. No podemos comparar esta epidemia con otras de anteriores procesos o periodos históricos. Sin embargo, hay que combatirla con todas las fuerzas del mismo modo que en cada tiempo se hizo, pero con la ventaja de tener diferentes armas. En estos momentos contamos con medios técnicos y científicos para conseguir, más pronto que tarde, una vacuna que pueda erradicar el coronavirus Covid-19. En estos momentos, el arma más efectiva es la prevención y contención del virus y lo más acertado para evitar contagios es, quedarse en casa. ¡Quedémonos en casa!

De este modo y desde el pensamiento más racionalista, más científico, lo mejor es evitar las reuniones y aglomeraciones de personas. Ya sabemos todos los españoles que los actos religiosos, funciones y procesiones de Semana Santa se van a suspender este año por esta terrible pandemia que azota nuestro país y al mundo entero. Como consecuencia más inmediata se ha paralizado estas manifestaciones religiosas tradicionales que se hallan inmersas en la cultura del pueblo, de los pueblos o ciudades, y eso tiene su trascendencia, pues están arraigada desde hace siglos en su seno e íntimamente relacionadas con la cosmovisión y escala de valores de ella. Es una religiosidad que tiene dos vertientes, una devocional y otra social y, por tanto, nos afecta a la gran mayoría de cuantos formamos parte de esta comunidad llamada Chiclana; una sociedad integrada por creyentes, ateos, agnósticos y racionalistas. Sin embargo, debemos de tener en cuenta que se han suspendido en el ámbito público, en el colectivo, en lo que la Semana Santa representa como hecho social, como decimos los antropólogos, pero no en el ámbito privado donde cada cual podrá celebrar su propia Semana Santa más espiritual, con recogimiento interior y, reflexión cristiana, para los creyentes. Este estado vital será otra consecuencia positiva del confinamiento en casa. Así, es más fácil abandonar o renunciar al hecho social colectivo. Pero, además, seremos libres de llevar a cabo nuestros propios hechos privados que, intrínsecamente reproducen, de cierta manera, el modelo colectivo. Un sentimiento colectivo que ha surgido, como escribió el sociólogo francés, Émile Durkheim: “… de un producto de acciones y reacciones que se originan entre las conciencias individuales; y si encuentra eco en cada una de ellas, es en virtud de la energía especial que él debe precisamente a su origen colectivo”. Si trasladamos esta premisa a nuestra Semana Santa es evidente el grado implicación emocional y social que contiene para una gran parte de la ciudadanía de Chiclana.

Al margen de todo esto y con la esperanza de que el coronavirus nos respete y podamos vencerle pronto, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos del Vaticano ha sugerido celebrarla entre los días 14 y 15 septiembre. Se sabe que la Semana Santa tiene una fecha variable –marzo o abril– en función del equinoccio de primavera, pero posiblemente será una de las pocas veces, tal la primera vez desde el Concilio de Nicea, año 325, que difiera, que se aleje tanto entre meses. Precisamente desde Roma, la cabeza visible de la Iglesia Católica, el Papa Francisco, con sus declaraciones realizadas al periodista Jordi Évole ha dado la verdadera clave de la Semana Santa cristiana y ha manifestado que es esencial la unidad y solidaridad de todos (no mencionó la palabra caridad, tan mal interpretada a veces y que según el diccionario de la Real Academia Española es: una actitud solidaria con el sufrimiento ajeno). Además, ha pedido a los empresarios que no despidan a sus empleados durante el tiempo que dure esta coyuntural crisis del coronavirus: “El sálvese quien pueda no es la solución. En este momento, hay que acoger en vez de despedir. Hay que mostrar que hay una sociedad solidaria. Son los grandes gestos que hacen falta”. Una vez más el Papa Francisco, ha puesto el dedo en la llaga.

El pregonero o voz pública

A diferencia de estos tiempos que corren, que con un simple clic nos llega la información a raudales, mezcladas las veraces con las llamadas news fake, como un “tuto revoluto”, la figura del pregonero como voz pública nos parece antiguada y obsoleta. Y si comparamos la actualidad con otras épocas de la Historia, no muy lejanas, cuando la información era escasa, opaca y censurada, pues aún más. Y no me refiero a la censura del periodo de la dictadura franquista, conocida por muy diversos estudios e investigaciones sociales que se han realizado al llegar la democracia, sino en otros siglos pasados. Aunque también hubo épocas sin censura durante el siglo XIX y comienzos del XX. Como ejemplo paradigmático, en estos tiempos de epidemia, fue la mal llamada “gripe española” de la que diversos medios científicos divulgativos han hecho hincapié, en el centenario (2018) en cómo se le renombró “española” cuando en realidad venía de los Estados Unidos. Fue, sencillamente, porque los periódicos de la época en España, frente a los de Europa donde existía censura por la Gran Guerra, no contaban la realidad de lo que ocurría en cada país beligerante por temor a que el enemigo supiese la verdad de la pandemia.

Los antiguos pregoneros generalmente comenzaban su pregón con el conocido: “De orden del señor alcalde, se hace saber…” Así fue desde la Edad Media hasta hace bien poco en algunos pueblos. Pero su origen primigenio se remonta al imperio romano con los “praecones” que anunciaban, en plazas y mentideros al pueblo de Roma, las noticias de la ciudad y del imperio o bien daban a conocer edictos, órdenes y obligaciones de los ciudadanos. Es, por tanto, una profesión arcaica, hoy casi desaparecida salvo, como dije antes, en pequeños pueblos, muchos de Castilla, donde continúa existiendo esta tradición. También en ciertos barrios de grandes ciudades, como “survivals” entre lo jocoso-festivo y lo posmoderno, han vuelto a aparecer para pregonar noticias de eventos socioculturales o novedades en los comercios, similar y cercano a los pregoneros populares de antaño cuando anunciaban sus artículos por las calles. Como el famoso vendedor de flores sevillano, “Quijá”, cuyo pregón recogió el padre de los hermanos Machado, Antonio Machado y Álvarez en la Ilustración Artística, en 1886. En él se menciona a Chiclana en sus primeras estrofas, que dice: “Me voy ar Puerto / Me voy a Cái. / En Chiclana, en Chiclana no hay / er riquiyo clavé”. Y más adelante: “En el carmín, / en el carmín, / Cantillana en Cantillana; / en Chiclana el Chiclanero…”

Hoy, desde un aspecto más cultural, solo se pretende revitalizar o conservar esta rica tradición oral como una forma de literatura popular. Sin embargo, en siglos pasados, la utilidad del “Voz pública” era para los ayuntamientos de gran importancia; una manera para tener informados a los vecinos sobre aspectos administrativos, edictos, proclamas y novedades como la llegada de vendedores, artistas o compañías cómicas. En general, transmitían la información que el Concejo consideraba útil, necesaria o prudente –también se censuraba otras– para la ciudadanía, la inmensa mayoría iletrada y analfabeta. Así intervenía el voz pública o pregonero, generalmente hombres con voz recia, potente y ataviados con capa, gorro y trompetilla. El pregonero era elegido y autorizado por el Concejo, y en sus comienzos la tarea se le asignaba a uno de los alguaciles.

Son muchas las ocasiones que en las actas capitulares de los cabildos nos encontramos con referencias a los pregoneros y a los lugares donde emitían sus pregones en Chiclana: en la Plaza Pública, la Plazuela del sitio de la Puente, las Cuatro Esquinas de la Pescadería y en la Plazuela de las monjas. Conocemos incluso el nombre de algunos de ellos como fue el caso de Joseph Sánchez, en 1735, que pregonaba en aquel año el arrendamiento de las dehesas de los Propios de la villa como La Nava, Juan Correal, las tierras de labor de la Dehesa de El Bujeo, el fruto de la bellota de los montes de la villa, el arrendamiento de la pesca “de los dos ríos por estar al cumplirse su arrendamiento (…) como asi mismo el barco de pasage de la barca (…) que va a la ciudad de Cádiz”. También anunciaban la elaboración de los padrones del vecindario o hacían notorio a la población “de los desertores de la gente de la mar y tropa de tierra que andan por los campos (…) para que todos los vecinos puedan cuidar y celar” sus propiedades. En 1762, el pregonero público era Andrés Escobar, que dio voz pública, según lo acordado en cabildo, de la orden del comandante del Ejército y costas de Andalucía por la que solicitaba al Concejo y Justicia de Chiclana: “(…) saber que vecinos hay (…) en esa Villa capaces de tener Armas en caso de imbasion (…), del número de ellos para usar de la providencia que corresponde a fin de Armarlos” y enviarlos a la guerra contra Portugal.

A fines del siglo XVIII, el sueldo del pregonero público debió ser escaso. Para complementarlo el Ayuntamiento le procuraba otro trabajo anexo como medio de subsistencia. Así, el pregonero y voz pública de Chiclana, Pascual Alonso, también era el encargado de la “limpieza de plaza y de la villa”. En 1799 presentaba un memorial ante el Cabildo exponiendo que un ayudante suyo, en diferentes faenas, había presentado otro con la intención de “echarme fuera de mi empleo con revaja que izo de mi sueldo de limpieza”. En el siguiente cabildo, reunido el Concejo y vistos ambos memoriales, sus miembros “dijeron: que siendo siertto y constante haver recibido a esta Villa el citado Pascual Alonso en la clase de Pregonero publico el tiempo como de diez años, sin da lugar a quexas; desde luego davian acordar y acordaron se le haga saber a este que por cada barril que extraiga de las Pozas y canal de los vecinos há de llevar solamente real y medio y no tres como hasta aquí (…) que continue en el uso y exercicio de sus cargo sin hacérsele revaja en el sueldo que disfruta”. Referente a la limpieza de la villa, y ante una epidemia de cólera morbo o peste azul hallamos, en julio de 1834, una orden el gobernador civil para “limpiar los caños que salen de las casas (…) que se prohíban por medio de edictos a fin de evitar exhalaciones nocivas que producen los desperdicios que se derraman en la calle” El Concejo acordó: “se dijera los conducentes edictos en los sitios de costumbre (…) publicándose al propio tiempo por voz del pregonero para el mayor” conocimiento de los vecinos. Como hemos podemos comprobar en este breve bosquejo, la figura del pregonero, resultaba útil en todo tiempo a la ciudadanía.

Hoy, ahora, interconectados a internet conocemos todo lo que acontece en un instante. Los avances tecnológicos nos traen música y películas; nos acercan –también– a nuestros amigos y seres queridos más lejanos en la distancia; y nos hacen a la vez, más libres sin tener que salir de casa. ¡Lo que tenemos que hacer, ni más ni menos, en estos días!

Feria 2020, otro año será

Si bien hace una centuria un virus –el que provoca la glosodepa o fiebre aftosa del ganado– estuvo a punto de paralizar la feria de 1920, ahora el coronavirus Covid-19 es el culpable directo de la suspensión definitiva de la feria de este año. No ha sido la primera vez que se aplaza desde aquel lejano 31 de mayo de 1836 cuando el Ayuntamiento de Chiclana envió al Intendente de Rentas Reales de la provincia de Cádiz una representación –escrito oficial– firmada por el alcalde, Aniceto Balbas Pérez y el secretario, Juan Pedro de Aguilar. En ella que le comunicaban la celebración de primera feria de ganado en la villa chiclanera y el procedimiento a aseguir con respecto a su administración. Una feria que el propio Gobierno de S.M., la reina Isabel II, le había concedido por Real Orden el primero de agosto del año anterior. Así, de esta manera, iniciaba el Cabildo chiclanero los preparativos de su primera feria de primavera de ganado entorno a la festividad de San Antonio que comenzaría el lunes día 13 de junio.

Actualmente desconocemos si durante el siglo XIX se suspendió la feria en algún año. No hemos hayamos acontecimiento histórico importante que lo justifique, pero sí en el siglo XX. Y ello, al margen de su evolución como feria de ganado, inexistente o muy en precario desde el comienzo del último tercio del siglo, pues la feria se fue convirtiendo en una gran festividad y en el acto social más esperado del año. Porque no debemos de olvidar que entre las funciones principales de las ferias, además de la recreativa-comercial (30.000 personas en España obtienen su sustento de las ferias), ejercen otras no menos importante como las de carácter cultural y social. Dos funciones de gran relevancia de las ferias de primavera en donde la relaciones sociales, envueltas en aires festivos, se multiplican no solo entre vecinos sino que alcanza a los pueblos y ciudades limítrofes, provincia e incluso a regiones más alejadas de España, pues sin menoscabo de otras, hemos de decir que nuestra feria tiene carácter nacional.

Volviendo a 1920, en la sesión ordinaria de Cabildo del 28 de mayo, en su punto segundo, el secretario leyó a pie de letra una circular que insertaba el gobernador civil de la provincia de Cádiz. En ella declaraba oficialmente la existencia de glosopeda en los términos municipales de Chiclana y Arcos de la Frontera avisando que, “con arreglo al Reglamento para la ejecución de la Ley de Epizootias”, les prevenía de la declaración de esta enfermedad y sus consecuencias “figurando entre ellas la suspensión de ferias; mercados y exposiciones”. El Ayuntamiento quedó enterado y todo se paralizó. Pero el siguiente cabildo, de 4 de junio, en su quinto punto se dio lectura a un telegrama del gobernador en el que finalmente “autoriza la feria de ganados de esta Ciudad”. ¡La feria se había salvado!

Diez años más tarde, en junio de 1930, una catastrófica inundación desbordó al Iro unos días antes de la feria llevando inquietudes y miedos a los habitantes de la ciudad. Se anegó parte del término municipal y muchas calles del dentro, principalmente la de la Plaza, de la Fuente y Mendaro. Además, se inundaron la iglesia San Telmo y el Mercado Central de Abastos provocando considerables destrozos. Lo peor en el casco urbano fue la destrucción, al margen de los paseos para la velada de la feria en la orilla del río, de una parte de la muralla izquierda más próxima al Puente Grande. El alcalde, Sebastián Martínez de Pinillos y Bel, solicitó ayuda a la Capitanía General del Departamento Marítimo de San Fernando que atendió la llamada enviando personal y materiales evitando, con su pronta intervención, desgracias personales. Días después, en sesión extraordinaria, el Ayuntamiento daba las gracias al chiclanero Manuel Fernández Piña, Jefe del Estado Mayor, por su incansable y eficaz labor al frente de las tropas desplazadas hasta Chiclana durante aquellos días. Y el marqués de Bertemati, desde la colonia de Campano, enviaba un donativo de 500 pesetas para las familias más damnificadas.

Siete años después, en 1937, volvió a quedar suspendida la feria. Las razón era más que obvia. En España se dirimía la guerra civil (1936-1939). Al año siguiente, los miembros gestores del Ayuntamiento y su alcalde-presidente, el registrador de la propiedad Antonio García Trevijano, optaron por celebrar la feria, pero solo la de ganado, suprimiéndose la velada. No estaban los tiempos para festejos. Así, en el punto octavo de la sesión ordinaria del 25 de mayo de 1938, se dijo: “Teniendo en cuenta las circunstancias anormales porque atravesamos y al igual que se viene haciendo en todas la poblaciones de la España liberada, se acordó por unanimidad emprender en el año actual la feria; festejos que tradicionalmente se celebran los días trece, catorce y quince del mes de Junio, quedando reducida tan solo al Mercado de Ganados que tendrá lugar en las indicadas fechas debiendo darse a este anuncio la mayor publicidad para conocimiento de los interesados”.

Después llegaron otros tiempos más pacíficos y el país fue recobrando la vida cotidiana social y económica. La feria continuó ubicada en la Alameda del Río, entonces paseo José Antonio. Al terminar la dictadura, en la primera etapa del reinado de Juan Carlos I, coincidiendo con las primeras elecciones democráticas el 15 de junio de 1977, la feria se celebró más tarde de la habitual, pero no se suspendió. Curiosamente el primer día coincidió con la celebración el patrono, San Juan Bautista, por lo que, sin mencionarse, fueron unas fiestas patronales. El cartel de aquel año anunciaba: “Chiclana de la Frontera. Feria y fiestas 1977. 24, 25 y 26 de junio”. Entonces la feria se celebraba en la otra orilla del río, en barriada Ntra. Señora del Carmen.

Desde la última cancelación ha pasado la friolera de sesenta y tres años. Desde entonces, con Levante o lluvia, nunca se suspendió una feria de Chiclana, hasta ahora. Aún más, la feria fue labrando su propio sello como una de las más singulares de la provincia. La cita con la feria se convirtió en una tradición, en la máxima expresión social de la ciudad. Ahora, solo nos queda el recuerdo colectivo de las pasadas y la esperanza de volver a disfrutar de nuestra feria en los próximos años (venideros).

Proyecto de un camino a La Barrosa en el siglo XIX

Comienza la temporada de verano en nuestra ciudad y tras la larga cuarentena de cerca de cien días, las carreteras que van a La Barrosa y Sancti Petri, han vuelto a llenarse de vehículos circulando, con tráfico intenso, en ambos sentidos. El ya habitual tráfico de verano se ha visto incrementado por el buen tiempo y la necesidad de un saludable esparcimiento físico y mental. Sin embargo, a pesar de ello el trayecto entre la costa y el centro histórico urbano apenas sobrepasa los diez o doce minutos. El pavimento está en perfecto estado, sin baches ni grandes desperfectos por lo que el recorrido, por cualquiera de las vías, se hace seguro y agradable. Pero no siempre fue así. No siempre existieron estas buenas carreteras para La Barrosa, solo caminos o veredas de arena, sin apenas pavimentación donde caminar a pie, a caballo o en carruaje. “Los caminos son locales de rueda y herradura” dice el Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de Madoz (1845-1850) para todos los del término municipal. No describe ninguno en particular hacia la costa y no hace mención de La Barrosa salvo para indicar que en “la parte de la costa y sitio nombrado de la Barrosa, se hallan las oficinas necesarias para la pesca y salazón del atún en la estación correspondiente, en que se arman dos almadrabas de buche, llamada una de la Barrosa y otra de la Cueva”. De ningún modo describe a nuestra playa como lugar de baños de mar y ocio. Los únicos baños que nombra son los balnearios de Brake y Fuenteamarga, de los que hace una extensa descripción. La moda de los baños de mar no había llegado aún a Chiclana.

Años después, en el último tercio del siglo XIX, en España, la práctica de los baños de mar se extendió de la clase social más pudiente a otras con posibilidades de clase media imitando así a la europea. Los “touristas” –de la palabra francesa tour (vuelta) que realizaban los ingleses por Italia como viaje de conocimiento y estudio– llegaron a las playas del Norte de nuestro país y a otras del Sur de Francia para bañarse en el mar Cantábrico o en el Atlántico, más aconsejables ambos por los médicos para el baño que el constreñido Mediterráneo.

En Chiclana, antes de finalizar el siglo, en 1894, el alcalde de la ciudad, Juan García Baquero presentó en la sesión ordinaria del miércoles 14 de noviembre, un expuesto a la Corporación municipal para mejorar “el camino que va a La Barrosa” –un camino, por tanto, ya existente– con el fin de dar trabajo a los jornaleros y a los muchos obreros de la población ante la grave y angustiosa situación que presentaba la clase obrera en la ciudad “…vista el negro cuadro que de algunos años a esta parte presenta esta población en cuanto las contrariedades del tiempo suscitan la paralización del trabajo, debido a las malas cosechas que tienen abrumado al propietario y aniquilado al trabajador, y ante el temor (…) de que en el presente año pueda presentarse algún periodo más o menos largo de calamidad (…) pretendo armonizar, y para ello haciéndome eco de la pública opinión he reconocido el trayecto que media desde esta población á la playa de la Barrosa y reuniendo esta todas las condiciones que requiere los baños de mar, de que carece la población por la distancia y mal camino haciendo viable este, resultará indudablemente una notable mejoría a la población, á mas de evitar la salida de familias en la época de verano a buscar estos baños en otros pueblos”. Y proseguía el alcalde en su extenso escrito, digno de exponer completo en otro momento, las ventajas y beneficios de acometer las mejoras que contenía los dos objetivos antes mencionados; uno para que la clase obrera tuviese unos recursos de los que carecía en aquella época de gran pobreza y otro mejorar física y sustancialmente el camino que llevaría más personas forasteras a visitar la playa. Uno de los concejales, el señor Tenorio dijo “que le halaga sobremanera la conducta del Señor Alcalde por el interés que se toma a favor de la clase menesterosa, cuanto por el beneficio que además reporta el proyecto a todas las clases sociales, después del mejoramiento de la población”. Pero, sin embargo, opinaba “que debe estudiarse el proyecto por haber quien cree que el trazado puede hacerse por distintos puntos de partida y convendría optar por el que ofrezca mayor economía y comodidad”. Otro de los concejales, el señor Soba añadió “que por el callejón del Aguila es más cerca el proyecto”. Y el señor Quecuty expresó: “Hay dos caminos que se prestan al proyecto; uno el de Fuenteamarga y otro el callejón de la Cruz de los Pescadores, creyendo que por este último es más cerca el trayecto (…) solo debe tenerse presente con respecto al mismo la parte económica”. Entonces el señor alcalde dio diversas explicaciones diciendo que había estado comentando la idea sobre el terreno “con personas peritas” las cuales le habían dicho que el estudio del proyecto podría costar “trescientas pesetas y la obra en sí entre seis mil y ocho mil duros” (entre treinta y cuarenta mil pesetas) y que se comprometían a dirigir las obras sin interés alguno. Finalmente, conocidas todas las opiniones emitidas por el expuesto del señor alcalde y los concejales en aquella sesión, procedieron a tener la oportuna deliberación acordándose aprobar el proyecto presentado y que se “disponga la práctica de dicho estudio (…) abonándose el importe del capitulo de obras públicas”.

Más tarde, a principios del siglo XX, el estrecho camino que comenzaba en el antiguo hotel de Sancti Petri e iba hacia el coto de San José, se ensanchó y arregló para que pudiesen transitar hacia la playa las galeras, coches malonas, carros y los pocos vehículos automóviles que existían en la ciudad. Fueron los cosecheros y vitinateros los que aportaron una parte del presupuesto. Así fueron los comienzos de la carretera antigua de La Barrosa. Y curiosamente, tanto por el callejón del Águila como por el de la Cruz de los Pescadores, o por Fuenteamarga, hoy todos los caminos, todas las carreteras, conducen a… nuestra playa de La Barrosa.

Don Antonio García Gutiérrez, político progresista

Julio viene marcado en nuestro calendario con una fecha histórica que no pasa o no debe pasar desapercibida para esta ciudad de la misma manera que otras, relevantes todas, de su historia. Pero esta, aún más, porque es una constante reivindicación del nombre y obra de uno de sus hijos más insignes y preclaros que ha dado. El 5 de julio de 1813 nacía en la calle Corredera baja número 13, el poeta y dramaturgo Antonio García Gutiérrez, autor romántico que alcanzó la gloria literaria a los 22 años con su drama, “El trovador”. De muchos es conocido el rotundo éxito popular alcanzado con ella y los elogios que recibió de la crítica de la época; sobre todo, de dos grandes referentes de aquel momento: Mariano José de Larra en “El Español”, y de Eugenio Ochoa en la revista “El Artista”. Después vendrían otros dramas con menos éxitos hasta volver a conquistar al público y a la crítica con “Simón Bocanegra”. Don Antonio fue un autor muy prolífero durante toda su vida literaria escribiendo no solo dramas, sino también comedias, zarzuelas, poemas, sonetos y escritos en prosa. Fue, además, director de diversas revistas literarias, empresario de un teatro de zarzuelas –el Teatro del Circo de Madrid–funcionario de la administración y político. Quizá su faceta menos conocida, pero tan unida a su personalidad como fue la literaria.

Desde joven y recién llegado a Madrid compartió, el ideal liberal, con amigos poetas y escritores del café de Levante para, más tarde en el de Parnasillo, formar una curiosa tertulia en la que se hallaban el poeta José de Espronceda –que fue diputado del Partido Progresista–, los escritores Mariano José de Larra, Antonio Ferrer del Río, el poeta Patricio de la Escosura, el escritor y político Adelardo López de Ayala y Mariano Roca de Togores, entre otros. Su primer acto político-literario fue, precisamente, en el Parnasillo leyendo unos versos elogiosos a la recién nombrada reina-niña, Isabel II.

No fue un político de primera línea; no lo quiso ser, aunque llegaría a ostentar cargos de carácter político. Sin embargo, sí intervino activamente durante la revuelta de 1854, “la última revolución romántica”, junto a otros personajes del mundo literario y artístico de Madrid como el torero Francisco Arjona, “Cúchares” o el escritor y futuro premio Nobel de Literatura, José Echegaray. Las crónicas relatan que el Gobierno del conde de San Luis “había destruido los cimientos del orden social y socavado la libertad del pueblo actuando arbitrariamente… Y así, el 28 de junio de aquel año, una parte del Ejército se sublevó contra las fuerzas leales del Gobierno entablando en los campos de Vicálvaro una batalla en la que no hubo vencedores ni vencidos. Mientras, en Madrid, el pueblo tomó las calles formando barricadas y haciendo frente a las cargas de las tropas gubernamentales. En una de ella hallamos a don Antonio junto con sus amigos liberales.

El triunfo de la revolución llevó, al general Baldomero Espartero, al poder. Se iniciaba allí el “Bienio Progresista” con la intención de mejorar las demandas sociales de las clases más bajas que los moderados conservadores fueron incapaces de atender. Esta activa participación en la revolución le sirvió a don Antonio para ser nombrado por Pascual Madoz, en 1855, comisario-interventor de la Comisión de Hacienda en Londres. A su vuelta siguió escribiendo, y colaborando con sus amigos escritores –progresistas y conservadores– para fundar la Sociedad de Autores Dramáticos. Al año siguiente, 1856, el Gobierno –el de los suyos– concedía las acostumbradas distinciones y premios a escritores importantes, pero se olvidaron de él –como en otras ocasiones–. Entonces, el periódico “El Clamor del Público” y el resto de la prensa madrileña, se hicieron eco del olvido con distintos artículos de apoyo a su persona diciendo: “… ningún ministerio se ha acordado de premiar con alguna distinción el reconocido mérito literario del señor García Gutiérrez, sin duda porque nunca ha solicitado este honor que se ha prodigado a otros escritores menos merecedores”. Veinticinco días después, el Gobierno rectificó y le nombró caballero comendador de la Real Orden de Carlos III. Ya nunca más, ningún Gobierno, echaría en el olvido el talento del chiclanero. Para demostrarlo, García Gutiérrez escribe en 1859 el drama, “Un duelo a muerte”, obteniendo de nuevo el éxito en Madrid y Barcelona, e incluso llega a estrenarse en La Habana. Los académicos de número de la Real Academia de la Lengua lo proponen como nuevo miembro de la institución, ingresando en ella en 1862.

Dos años más tarde, obtiene un apoteósico y resonante triunfo con el drama romántico, “Venganza catalana”. El éxito fue arrollador, 57 funciones consecutivas en el Teatro del Príncipe. Sin embargo, un año después, la censura se ceba con “Juan Lorenzo” –quizá su obra más acabada– por “las marcadas tendencias políticas de la obra”, aunque añadía el censor: “tanto más cuanto que el drama es bueno”. Las sátiras contra el gobierno del general Narváez se dejaron sentir en toda la prensa. La tertulia progresista le rinde un gran homenaje obsequiándole con un reloj y una corona poética de oro en prueba de admiración y respeto.

En septiembre de 1868, progresistas, unionista y demócratas, se unen en un frente revolucionario para derrocar la monarquía isabelina. El pronunciamiento militar, “La Gloriosa”, triunfa y García Gutiérrez contribuye junto al maestro Arrieta con un exaltado himno contra Isabel II: “¡Abajo los Borbones!” En noviembre, el propio Olózaga, líder del Partido Progresista, lo declama en una función de la Tertulia Reunida –la progresista y la liberal–. Al mes siguiente se canta en el teatro de la Zarzuela, en una función patriótica-literaria, ante un público entusiasta y enardecido. El himno se hace popular en toda España. Y siguen las condecoraciones, pues en 1870, el gobierno del general Prim le concede junto con Zorrilla la gran Cruz de Isabel La católica, al tiempo que obtiene el consulado español en Bayona. Más tarde el de Génova, para volver a España acompañando a Amadeo I hasta Madrid, para su toma de posesión de la corona española. Famosa es la oda laudatoria dedicada al monarca, en donde expresa su pleno apoyo al primer rey progresista y demócrata de la historia de España. En este breve ciclo histórico es nombrado director del Museo Arqueológico Nacional y recibe nuevas condecoraciones. Durante el periodo de la Primera República, aún desconocemos sus actividades políticas. Al restaurarse la monarquía borbónica continuará al frente el museo, gracias a la política conciliadora de Cánovas. Hasta el final de sus días, convertido en gloria nacional, seguirá escribiendo y participado en coronas poéticas como el soneto dedicado a la muerte de la reina Mercedes.

Marcos del Hierro, pasajero a Nueva España

A partir del último tercio del siglo XVII la ciudad de Cádiz comenzaba una de las épocas más florecientes de su historia. La estrecha vinculación con el comercio marítimo de la Carrera a Indias, una vez convertido su puerto en cabecera de la flota, incrementó el negocio de mercancías hacia las colonias españolas de ultramar contribuyendo con ello a un aumento de la riqueza en una ciudad ilustrada, moderna y cosmopolita. De Cádiz partía la flota hacia las Indias haciendo su primera escala en las Islas Canarias desde donde ponía rumbo hacia la isla Dominica o Guadalupe para que la Armada de Nueva España la dirigiese a Veracruz, Cartagena o Portobello. Las de salida fechas eran, normalmente, entre los meses de mayo y agosto, aunque a veces con retrasos, de la misma manera que ocurría con el tornaviaje, que podía tener una demora de hasta un año en función de la carga, el tiempo meteorológico o la presencia en el mar de piratas o buques de otras armadas enemiga como la inglesa. Eran viajes de gran temeridad. No obstante, nunca faltaron mercancías y pasajeros. Y no todos los que lo solicitaban podían ir, más aún comerciantes. Había que cumplir ciertos requisitos para el viaje.

Unos documentos fechados en julio de 1699 hallados en al Archivo General de Indias de Sevilla, a través de los Archivos PARES, nos muestran a un cargador a Indias avecindado en Cádiz, solicitando permiso de embarque para un viaje a la provincia de Nueva España donde negociar y vender algunos de sus productos en aquellas lejanas tierras. Este hallazgo nos da pie para escribir sobre la figura de uno de los personajes más singulares e influyentes en la historia de Chiclana durante la Edad Moderna. Hubo un tiempo, hasta hace bien poco, que desconocíamos muchos aspectos vitales y otras circunstancias de este cargador a Indias y gran hacendado de la villa chiclanera (se afincó en ella en 1695) que nos ha dejado, como patrimonio cultural comunal, de todos, el magnífico palacete de la calle del Fierro. Me refiero a Marcos del Fierro –que naturalizó su apellido francés por el español, Hierro– nacido en Saint Malo (Francia) que, en 1735, sería nombrado conde del Pinar por el rey Felipe V.

La carpeta digital consta de cuatro documentos con siete folios timbrados. El primero corresponde a la solicitud de embarque en el que se referencia los documentos presentados y la razón del viaje: “Dn Marcos del Hierro, factor (persona que comerciaba por su cuenta) casado en la España (…) Vezino de esta ciudad= Digo que como parece de la Certificacion que presento con el juramento necesario tengo Cargadas y rexistradas en la flota que proximamente ha de hazer viage a la Provincia de Nueva España a cargo del gral. Don Manuel de Velasco y Tejada, Cavallero de la Orden de Santiago, diferentes mercancías que importan mas Cantidad de los doscientos mil mr. de plata que disponen las hordenanzas y porque necesito pasar a dcha. Provincia, a beneficiar y poner Cobro a dchas. mercancías a cuyo fin me a concedido lizenzia Dª Juana Blasco de Aragon mi muger (…) con el mismo Juramento y para seguridad de que bolviere a los reynos a hacer vida maridable con la dcha. muger ofresco por mi fiador a Dn. Francisco Moreno Mañaras Vezino de la Ciudad (…) A V.S. pido y suplico aya por reservada la dcha. Certificacion y licencia en su vista mande recivir al dcho. fiador para la fianza referida y haviendola otorgada en la Contaduria principal se me de el despacho necesario en qualquiera de los Navios de la dcha. flota que es Justicia que pido”.

El segundo documento se trata de un Auto de fianza firmado y rubricado por el marqués de Narros y por Juan Bautista de Aguinaga de la Contaduría de Hacienda y juez oficial de la Real Audiencia de la Casa de la contratación de Sevilla, que finalmente firmaba y rubricaba, el 2 de julio, dando fe de todo lo expuesto, Juan Carlos de la Peña: “Doy fe que Dn, Francisco Moreno Mañaras vezino de esta ciudad otorgo oy dia de la fecha, ante mi y zendos testigos la fianza para que esta mandado recibir para el auto antecedente por la qual (…) Don Marcos del Hierro (…) bolbiera a estos Reynos á hazer vida maridable con Doña Juana Blasco de Aragón, su mujer, cumplido el termino que S. M. tiene concedido a los Cargadores passageros que ban a las Indias, y no cumpliendo lo assi pagara el fiador mil maravedíes de plata”.

El tercer documento es una certificación de Leandro Rivera Sotomayor oficial de pliegos de la Contaduría principal de la Real Audiencia de la Casa de la Contratación de las Indias de Sevilla firmado en Cádiz en la misma fecha especificando las circunstancias y el importe de la carga.

El último de todos es el otorgamiento de una licencia de su esposa: “En la villa de Chiclana de la Frontera nueve días del mes de Junio de mil Seiscientos noventa y nueve (…) Por quanto el citado Su Marido esta de Proximo para hazer Viaje al Reyno de la nueva España en la (…) Flota que se esta despachando (…) El qual no puede hazer sin su licencia y Conzertacion y estando informada (…) se le Conzede y dize hazer, otorga (…) Licencia y facultad al dcho Marcos del Hierro su marido”. Y daba fe el escribano público de Chiclana, Juan Cevada, firmando como testigos Juan Molino y Carniego y Domingo Zevada.

La flota zarpó de Cádiz el 19 de julio de 1699 escoltada por dos galeones mercantes armados de 450 y 600 toneladas y cuatro pataches de 200 toneladas. El resto de la flota estaba compuesta por 14 navíos de diverso tonelaje comprendidos entre 500 los navíos mayores y 136 toneladas los pequeños. En uno de ellos iba nuestro personaje. No sabemos en cual. Sí sabemos que el “San Juan, San José y San Francisco Javier” de 303 toneladas pertenecía a Diego Iparraguirre, otro cargador a Indias con bienes raíces en la villa de Chiclana y gran benefactor del Convento de las Madres Agustinas Recoletas. El tornaviaje fue accidentado. La flota no regresó, por diversas causas, hasta 1701.

Se desconoce cuando desembarcó nuestro personaje en Cádiz. Fue un viaje arriesgado y no exento de dificultades, pero así sucedía en muchos casos. A pesar de ello, no sería la última vez que don Marcos tomase la ruta transatlántica a Nueva España, pues con el transcurrir del tiempo fue dueño de varias naos y adquirió tierras en Nueva España.

El asesinato de Cánovas del Castillo en nuestras actas capitulares

El domingo 8 de agosto de 1897 caía asesinado bajo unas balas anarquistas, en el balneario de Santa Águeda (Guipúzcoa), el presidente del Gobierno Antonio Cánovas del Castillo. Un anarquista italiano, Michele Angiolillo, le había disparado tres veces con un viejo revólver mientras leía tranquilamente el periódico en un banco de una de las galerías del balneario que conducían al comedor. El asesino quería vengar así, –según sus declaraciones– a los compañeros ejecutados en el castillo de Montjuic por el atentado durante la procesión del Corpus Christi en Barcelona, en junio de 1896, donde murieron 12 personas y 40 resultaron heridas. Fueron detenidos 400 sospechosos, muchos de ellos torturados, otros deportados o condenados a cadena perpetua y cinco de ellos, ejecutados. Hubo protestas en Europa y Cánovas perdió crédito político a pesar haber sido responsable de tres procesos de pacificación.

¿Quiénes estaban detrás del asesinato? Se ha especulado, y no sin cierta razón, que el magnicidio estuvo relacionado con los insurrectos cubanos o los portorriqueños. También incluso se cree que el Gobierno de los Estados Unidos, que estaba ansioso por poner sus garras en “la perla del Caribe”, anduvo detrás. Un consejo de guerra condenó a Angiolillo a muerte y fue ejecutado a garrote vil 11 días después del atentado. La reprobación por el asesinato fue unánime. El prestigio del político malagueño durante aquellos años de la Restauración, y el cargo que ocupaba en un periodo de la historia de España tan especial, tan decisivo, provocó una tremenda convulsión humana y política. Pronto España entraría en guerra contra los Estados Unidos y se perderían las últimas colonias de ultramar.

En Chiclana la noticia se recibió con consternación y respeto guardándose tres días de luto como señalaba el Real Decreto de la reina gobernadora, María Cristina de Habsburgo-Lorena (1858-1929) –segunda esposa del rey Alfonso XII– en un comunicado del ministro de la Gobernación, Fernando Cos-Gayón, que aparecía insertado en el Boletín Oficial número 182.

En la sesión ordinaria de Cabildo celebrada el 13 de agosto se leyeron dos comunicados, el primero proclamaba: “Queriendo dar un insigne testimonio del profundo dolor que le a causado en su real ánimo y producirá en la nación el fallecimiento del eminente hombre de Estado, presidente de mi Concejo de Ministros Don Antonio Cánovas del Castillo, muerto alevosamente en los momentos que mas necesitaba la patria de su grande inteligencia y relevantes dotes; y para significar (…) el alto aprecio y consideración en que he tenido siempre sus servicios y lealtad, de acuerdo con mi Concejo de Ministros:= En nombre de mi augusto hijo el Rey Don Alfonso XIII, y como reina Regente del Reino,= Vengo en decretar lo siguiente:= Artículo 1º. Se tributarán al cadáver de D. Antonio Cánovas del Castillo, los honores fúnebres que la ordenanza señala para el Capitán General de Ejército que muere en plaza con mando en Jefe, celebrándose además en Madrid solemnes exequias el día que se fije= A la conducción del cadáver y á las exequias concurrirán mi Concejo de Ministros y comisiones de todos los cuerpos, así civiles como militares= Art. 2º Por mi Ministro de Gracia y Justicia se dirigirán Cartas Reales á los muy Reverendos Arzobispos, Reverendos Obispos, Vicarios capitulares y Jurisdicciones (…), para que en todas las Iglesias, Catedrales, Colegiatas y Parroquias de sus Diócesis respectivas hagan celebrar el correspondiente oficio de difuntos= Art. 3º Durante tres días, á comenzar desde el día siguiente á la fecha de este Real decreto, vestirán luto riguroso las clases todas del Estado= Dado en San Sebastián á 9 de Agosto de 1897= María Cristina. =El Presidente interino del Concejo de Ministros, = Marcelo de Azcárraga=”

El segundo comunicado correspondía al Ministerio de la Gobernación y decía: “Con profundo dolor pongo en conocimiento de V. S. que el Excmo. Sr. Presidente del Concejo de Ministros, D. Antonio Cánovas del Castillo, ha fallecido hoy en el Establecimiento balneario de Santa Agueda, victima de un infame asesinato. La impresión producida en Madrid por la noticia de este tristísimo e inesperado suceso ha sido de unánime, universal é indignada protesta contra el odioso crimen, que ha privado á la Patria y á la Monarquía de los servicios que todavía podían esperar de quien tantos y tan extraordinario les había prestado en larga y gloriosa carrera. Los telegramas que han comenzado á llegar de provincias manifiestan iguales sentimientos, que son, sin duda, los de toda alma honrada y de todo buen patriota en este día de duelo Nacional= Dios guarde a V. S. muchos años= Madrid 8 de Agosto de 1897= Cos-Gayón = Sr. Gobernador de la Provincia de…”

Terminada la lectura el alcalde, José Medina Araujo, tomando la palabra expuso: “que cuanto el pudiera decir de las relevantes dotes y de los extraordinarios servicios prestados á la Patria por el insigne estadista Excmo. Sr. Don Antonio Cánovas del Castillo, aparecen consignadas en las expresadas disposiciones y sus méritos reconocidos por la augusta Señora que con tanto acierto rige los destinos de la Nación al conceder al cadáver los mayores honores fúnebres. Al consignar la protesta contra el odioso crimen (…) y expresar su profundo sentimiento por tan irreparable pérdida se permite proponer al Cabildo tomar los siguientes acuerdos: 1º Levantar la sesión en señal de duelo. 2º Que se celebren honras fúnebres en la Iglesia Parroquial de San Juan Bautista”.

El líder del partido liberal, José Quecuty Aragón, pidió la palabra y concedida por la presidencia dijo: “la minoría liberal se asocia á las manifestaciones hechas por el Sr. Presidente y pide á la Corporación le conceda un voto de confianza para que lleve á efecto los acuerdos que ha propuesto”. El Cabildo por unanimidad: “elevó á acuerdo las manifestaciones hechas por el Sr. Precidente y el Concejal Sr. Quecuty, y en su virtud se levantó la seción en señal de duelo extendiéndose la presente acta que firmarán los Sres. que han asistido, y que certifico. El secretario”.

De esta manera en Chiclana, como en el resto de España, las dos grandes formaciones políticas –la conservadora y la liberal– expresaron sentimientos de hondo pesar y muestras de condena. No quedaron a la zaga los republicanos y socialistas que se unieron, igualmente, a la repulsa del vil y alevoso magnicidio revindicando, al mismo tiempo, “que nadie tiene derecho de quitar la vida otro ser humano”. Del mismo modo lo hicieron los agentes sociales y empresariales que apoyaban el sistema de alternancia pacífica del poder entre partidos. Fallecía Cánovas, surgían nuevos líderes políticos, y otros asesinos, emergerían de las tenebrosas sombras.

La Colonia infantil obrera de la Cruz Roja

Muy pocos desconocen hoy la encomiable labor que realiza la Cruz Roja, tanto en tiempo de guerra como de paz, desde su fundación –en 1863– por el filántropo suizo Henri Dunant, hasta la actualidad. Pocos saben que su Comité Internacional ha recibido cuatro veces el Premio Nobel de la Paz –uno de ellos a su fundador–, por su continua y gran labor en pro de la humanidad doliente o necesitada. Basta escuchar o ver los informativos en radio y televisión, en la prensa escrita o redes sociales, para saber de la ingente y extraordinaria tarea humanitaria que esta institución lleva a cabo cada día en cualquier parte del mundo. Junto con la Media Luna Roja, el León Rojo y el Sol Rojo –hermanos universales– son muchos los voluntarios en distintos frentes activos de guerra, hospitales de campaña, ayuda sistemática en campos de refugiados… Sin olvidar la asistencia social a los más desfavorecidos en esta sociedad del bienestar que compartimos. Su labor en todo tiempo, época o periodo desde sus comienzos en el siglo XIX, ha sido altruista, benéfica, social y humana; sin distinguir etnia, credo religioso o ideología política.

Con solo acercarse a la Cruz Roja local, la nuestra, la de Chiclana, se sabrá y conocerá lo que hace y a quienes ayuda, que no son pocos en estos graves días de pandemia. Pero, ¿desde cuando está presente la Cruz Roja en Chiclana? Es una cuestión que está todavía por averiguar con exactitud. Parece que existió una primera fundación hacia 1872. No obstante, habrá que investigar en los archivos centrales de la Cruz Roja en Madrid, pues en las actas capitulares aún no hemos encontrado la fecha concreta. Sí sabemos que en el primer tercio del siglo se consiguió establecer una base con una Casa Socorro para atender, al principio, pequeños accidentes; más tarde consultas médicas y de enfermería. Así, se convirtió en algo más que una alternativa asistencial, pues comenzó a ser atendida por los profesionales de la salud de la ciudad –médicos y practicantes, ayudados por voluntarios–.

De este periodo hallamos, con la ayuda de la prensa escrita de la época, a principios de la Segunda República, uno de esos acontecimientos a los que le debemos de añadir el adjetivo de “histórico”. Se trata de la Colonia infantil obrera de la Cruz Roja en La Barrosa en el año 1931. La idea no era nueva, pues con anterioridad en otros países de Europa ya existieron –también en España a finales del siglo XIX y en la década de los años 20 del siguiente– con carácter higiénico-pedagógico. El modelo de proyecto en sí, lo era.

En aquel año el gobierno republicano, en la necesidad atender la difícil coyuntura laboral del momento, planificó un programa de asistencia social básica para atender a los niños y niñas de familias pobres con el fin de remediar las fatales consecuencias y secuelas que dejaba el paro en las familias de jornaleros y obreros. Entonces, el Comité Central de la Cruz Roja organizó “un nuevo modelo de colonia”, escribe Pedro Luis Moreno Martínez en su artículo, “Tiempos de paz, tiempos de guerra: la Cruz Roja y las colonias escolares en España (1920-1936)”. Esta iniciativa tenía como objetivo primordial la asistencia a niños y niñas huérfanos de ambos padres que estuviesen a cargo de parientes o extraños sin trabajo; madres viudas sin recursos; padre viudo jornalero sin trabajo o con jornal insuficiente; madres o padres enfermos, sin trabajo, e hijos cuyos padres se encontrasen en la misma precaria situación. El Comité Central de España empleó todos sus medios disponibles emprendió con ganas y efectividad la labor social y humanitaria con la ayuda de los Comités locales, en nuestro caso con el apoyo del de Chiclana.

La primera noticia de la instalación de una de ellas en Chicana aparece el 17 de agosto de 1931 en el periódico independiente “La Semana”. En ella se anunciaba que la colonia infantil para niños y niñas de trabajadores pobres de la provincia de Cádiz se ubicaría en un pinar de La Barrosa, en concreto en el Coto de San José, propiedad de la familia Cañizares. Días previos a su inauguración el delegado del Comité de la Cruz Roja, García San Miguel vino a Chiclana para inspeccionar y comprobar cómo se organizaba el campamento junto a la Casa del Coto. Fue recibido por el alcalde de la ciudad, Javier de la Cruz Cortijo y el presidente de la Cruz Roja local, Agustín de Villar Sánchez, al tiempo que agradecía a la familia Cañizares su compromiso desinteresado y gratuito al ceder los terrenos para la colonia. La crónica seguía diciendo que la colonia contaba “con cinco magníficas tiendas de campaña de capacidad para veinte personas cada una, de doble cubierta para regular la temperatura estando dotadas de camas de campaña, de somier metálico y armadura de hierro”. El personal para atender a la colonia vendría de Madrid y la organización estaría a cargo de una enfermera directora de la colonia del Hospital Central de la Cruz Roja junto con varias enfermeras especializadas en puericultura, además de otras personas que atendería la logística.

En la sesión ordinaria de cabildo del 5 de septiembre de 1931 y terminada la orden del día, la presidencia –ostentada por Javier de la Cruz Cortijo– dijo que había recibido al delegado de la Cruz Roja de la provincia para tratar sobre la colonia infantil escolar, y realizado las gestiones necesarias “para elegir a seis niños de ambos sexos que correspondían a este pueblo, los cuales fueron enviados en el día de hoy al campamento de dicha Institución”. Y añadía: “… aún cuando oficialmente a este Ayuntamiento no le corresponde contribuir en nada a esta obra humanitaria, moralmente si está obligado a ello, y por consiguiente entre otros pormenores, dio a conocer los deseos de dicho delegado encaminado a iniciar una suscripción cualquier día en la playa (…) dotar a los pequeños acogidos, de los juguetes y demás útiles necesarios para sus juegos y distracciones, todo esto, con el fin de remover los sentimientos de la población y fomentar el engrandecimiento de la obra”.

A continuación, intervinieron varios concejales de diferentes partidos para manifestar cada cual su opinión al respecto. Unos dijeron que se les podía enviar dulces los sábados o domingos; otros, que esos beneficios debían recaer en los hijos de la localidad. A ello respondió el presidente diciendo que todos los hijos eran de obreros y que los víveres “serán servidos por los diferentes establecimientos de la localidad, implantándose un turno, para que todos perciban de este beneficio”. Además, (…) dada la importancia de esta obra, se den a los dirigentes de la misma, toda clase de facilidades al alcance del Ayuntamiento”.

La ciudad se comprometió con el proyecto y finalmente fueron acogidos cuatro niñas y tres niños de la localidad. Ellos compartieron la colonia con otros niños y niñas de Algar, Algodonales, Arcos, Benaocaz, El Gastor y San Fernando. Muchos ciudadanos de Chiclana también aportaron su granito de arena para sostener la colonia con donativos particulares y actos benéficos en el cine Moderno. E incluso un poeta local, que firmaba bajo el seudónimo de Liovirgi, escribió un poema intitulado: “A la colonia… Escolar”, que aquí reproducimos.

En el libro “La prensa humanitaria en la España contemporánea (1870-1989)” de José Carlos Clemente y Juan Francisco Polo, cuando se refieren a las colonias infantiles tomando datos de revista de la Cruz Roja en su número 352 de septiembre de 1931, señalan: “En estas colonias se acogieron a niños y niñas de cuatro a diez años que recibirán higiénico alojamiento, comida sana y abundante ropa, enseñanza y cuantas asistencias precisen. Las primeras colonias se situaron en La Barrosa (Cádiz), Alcalá de Guadaira (Sevilla), Cerro Muriano (Córdoba) y Valdepeñas (Jaén)”.

La experiencia fue muy positiva; el resultado, clamoroso. En años posteriores hasta 1935, se emplearon más medios y las colonias se fueron desarrollando en otros puntos de España, básicamente por Andalucía, Extremadura, la zona de Levante, Madrid e incluso en Larache, posesión española en África en aquella época. Luego vino la guerra civil, hubo dos Cruz Roja en España y cada cual atendió en su zona a los heridos en las batallas y, en la retaguardia, a la población civil desamparada. La guerra lo trastornó todo. Las colonias infantiles tomaron un cariz bien distinto, con otras funciones más perentorias. La realidad era bien distinta que en tiempos de paz. Aquel proyecto quedó en el recuerdo. Pero después de tantos años no cabe la menor duda de que aquella intensa tarea emprendida por la Cruz Roja fue un gran hito. Escrito está en los anales de su historia, y por extensión, en la de España.

El escribiente memoralista

Escribir una instancia o un documento dirigido a la Administración es algo que está hoy al alcance de la mano y de la mente de la mayoría de la ciudadanía en este siglo XXI. Pero no hace muchos años, solo los que sabían escribir y redactar bien podían hacerlo. Mucho más en siglos pasados. Por eso es frecuente encontrar –y porque era necesario para el ciudadano en épocas pasadas– un sinnúmero de memoriales –instancias– entre las sesiones ordinarias de las actas capitulares de nuestro Ayuntamiento. Así, dentro de los distintos puntos del día, el escribano de Cabildo hacía “notorio el contexto literal de un Memorial presentado por…”, que era leído y expuesto a los “señores concurrentes” para su conocimiento. Tras su deliberación y acuerdo, se le contestaba y daba cuenta de ello al vecino firmante. Estos escritos se iniciaban con la presentación de la persona que lo firmaba dirigiéndose con el “debido respeto” al Cabildo solicitando un permiso, una exoneración, la concepción de una gracia o exponiendo una queja sobre un asunto particular. También hay memoriales suscriptos por varias personas o gremios como los alcaldes de panaderos, cosecheros de vino, labradores, criadores de ganado… o ciudadanos unidos por un fin común. De todos ellos existe un rollo de memoriales que recoge los comprendidos entre los años 1648 a 1782, y a partir del siglo XIX, antes de la Guerra de la Independencia (1808) los memoriales están insertos al final del acta correspondiente para que así quedase constancia y testimonios de ellos y, por supuesto, del acuerdo adoptado por los miembros capitulares.

De entre los muchos presentados traemos tres de principios del XIX. El primero de ellos está firmado por una viuda y madre desesperada que pide ayuda al Ayuntamiento: “Maria Catalan vecina de esta villa y natural de ella con el debido rendimiento ynvoa el Patrocinio de V. E. y confía en su venefica y compresiva Caridad; le hase presente que se halla en la situación mas lastimosa cargada de siete; y ya, sin mas auxilios para mantenerlos que la clemencia del Cielo por haver perdido repentinamente a su Marido hallado muerto en el Campo, y por la decadencia notable que esperimenta en su salud de resultas del susto que tubo quando en el mes de Junio ultimo enferma y recién parida vio arrancar de sus brazos a su hijo mayor (…) para ser llevado a la Carraca donde sirve en calidad de Soldado de Marina (…) Suplica a V. E. que se digne concederle ó alcanzarle la libertad y el regreso de su presitado hijo único recurso que le queda en su desgracia para la subsistencia propia y de la de sus demás hijos”.

El segundo está firmado por Josef Redondo, padre del futuro diestro José Redondo, “El Chiclanero”. Y dice así: “(…) que tiene entendido haber hecho renuncia Geronimo Candido de la tabla de macho, con motivo de pasar a Madrid, donde es llamado por los S. Sres. Diputados de aquella Plaza: y habiendo servido el Suplicante, por espacio de diez años, con la honradez que es notoria en el Pueblo, á fin de que pueda ocurrir á la subsistencia de su dilatada familia, se acoge al amparo y protección de V. E. S. = y le Suplica rendidamente, se digne nombrarle para el exercicio de dicha Tabla: favor que esperan de su piedad: cuya importante vida prospere Dios dilatados años”.

El tercero, de Antonio Galante: “(…) que ha sido nombrado para la Septª. Compañía en clase de Soldado (…) siendo Ayudante del Maestro de primeras Letras (…) tiene que asistir diaria é indispensablemente á la clase de la que repetidas veces y oras está echo cargo (…) y si no cumple está espuesto como es de esperar factiblemente á que con unas faltas continuas le despida (…) de cuyo acontecimiento le resultara al que le habla su ruina y de su infelis familia (…) Suplica á V. S. se sirva relevarle (…) nombrando en su lugar al que tenga por conveniente de cuya gracia quedará sumamente reconocido pidiendo á el todo Poderoso les conserve en su auge y gracia”. Este último es curioso por varias razones: una, porque siendo maestro, fue escrito por un memoralista y no por él, que sabía escribir. Y otra, para los que aún no le conocen como personaje histórico de Chiclana, decir que fue el maestro de escuela que le comentó al padre de nuestro poeta García Gutiérrez, que su niño Antonio no llegaría muy lejos en el estudio de las letras.

Curiosamente Antonio García Gutiérrez escribió, en 1843, una de sus pocas obras en prosa –un artículo de costumbres– que llevaba por título el mismo que este artículo: “El escribiente memoralista”. Apareció publicado junto con otros 97 más, dentro del libro “Los españoles pintados por sí mismo”. La obra estaba compuesta por unas interesantes estampas costumbristas editadas y publicadas en pleno Romanticismo que nos describen numerosos personajes o tipos; unos con mordacidad y otros no exento de crítica; figuras existentes y vivientes –algunos vividores– en la vida nacional española de mediados del siglo XIX. En su artículo, el autor de “El trovador”, escribía no sin cierta ironía, que el memoralista era un tipo que vivía “como ave encerrada en su estrecha jaula” de “ancha levita y nudoso bastón de encina” (…). “Vedle, escondido á medias, detrás de un biombo, sudando tinta, derramando el genio á borbotones, poniendo continuamente en prensa una inteligencia no vulgar, y todo á tan módico precio, que apenas basta á satisfacer la menor de sus necesidades”. Existían dos tipos: el memoralista que sabía escribir y el que no sabía escribir. El primero lo consideraba un avaro de poltrona, sedentario, que “escribe cartas y memoriales y da el sér á los villancicos de noche buena”. El segundo hacía todo tipo de negocios, era “un corredor universal”: daba razones de casas de huéspedes, buscaba amas de cría, proporcionaba criados a quien los necesitase, vendía baratijas, cosméticos…

De nuestros escribientes memoralistas de Chiclana –pues hubo varios en cada época– no sabemos mucho. Tampoco a qué otras cosas se dedicaban, pero sí sabemos que algunos de ellos eran unos magníficos escribientes con una pluma de excelente caligrafía y con un estilo lo suficientemente claro, como se requiere en un documento administrativo, pero adornado con un lenguaje afectado y arcaizante que han dejado su impronta entre las páginas de nuestras actas capitulares. Nada podría decirnos este título si no conocemos con anterioridad los memoriales presentados en Cabildo. Poco sabríamos de ellos si no fuese de la mano de don Antonio. Ya sabemos que eran mucho más que meros escribientes de cartas y memoriales.

Los exvotos pictóricos del convento de Jesús Nazareno

Un patrimonio etnohistórico –y pictórico– de carácter religioso que muchos desconocen son los exvotos. En el convento de las Madres Agustinas Recoletas de nuestra ciudad, se guardan con amor, y devoción, algunos de ellos del siglo XVIII y principios del XIX ofrecidos a Nuestro Padre Jesús Nazareno y a Nuestra Señora del Carmen. Pero ¿qué es un exvoto? La palabra deriva del latín y etimológicamente significa “una promesa o voto solemne”. Es una expresión de fe y devoción religiosa que existe en todas las culturas y civilizaciones. Tiene su origen en la región de Mesopotamia y en el Antiguo Egipto. De allí se extendió a la cuenca del Mediterráneo. Así, en Grecia, cuna de nuestra civilización occidental, la ofrenda de exvotos era una de las prácticas religiosas más importantes que realizaban aquellos que habían solicitado el favor de los dioses. No es pues extraño que, en las profundidades de las aguas de nuestro propio término municipal, en Sancti Petri, se hayan encontrado numerosos exvotos en forma de estatuillas que los viajeros ofrecían en su santuario a Hércules, tras concluir una feliz travesía.

El primer historiador occidental, Heródoto de Halicarnaso, relata en el primer libro de su “Historia” cómo Aliates, rey de los lidios, envió a la isla de Delfos –donde se hallaba el famoso oráculo– un exvoto consistente en una cratera de plata con un soporte de hierro forjado, por haberse curado de una terrible enfermedad. Era el exvoto más digno de verse de todos, y aunque ya sus antecesores habían recurrido a esta practica, ninguno alcanzó tanta grandeza. Es, sin lugar a dudas, una de las primeras referencias en la historia de este fenómeno religioso donde reyes, hombres libres o esclavos ofrecían sus exvotos. Así se ha hecho hasta hace tan solo unas décadas aquí, tanto por las clases populares como por las más acomodadas.

Los exvotos pictóricos son pequeños retablos –en madera o en lienzo– que representan la escena de un suceso relativo a la salud. Por su composición podemos estructurarlos en tres áreas: la parte superior izquierda, o celestial, donde se ubica sobre nimbos o nubes el ser sobrenatural invocado; la parte central iconográfica, que describe el suceso, y la parte inferior que narra el hecho en sí. No obstante, existen múltiples variaciones; unas veces no se narra el suceso; otras no aparecen el nombre del beneficiado, ni la fecha… Pero ¿cuál es su sentido religioso? El exvoto establece una relación espiritual entre el ser divino y la persona humana que ha implorado su auxilio en una situación excepcional donde peligra su vida: una enfermedad grave o accidente. Ante ello, se le suplica al poder sobrenatural –Jesús, la Virgen María o a los santos– a través de oraciones para que interceda en su favor. Una vez concedida la gracia se procede a hacer la ofrenda de manera pública, dando visibilidad al milagro –como un hecho prodigioso– con la intención, a su vez, de acrecentar la fe de sus fieles y devotos.

Hoy presentamos cuatro de ellos que, por sus hechos milagrosos, historicidad y expresión pictórica merecen la pena describirlos. El primero es un accidente en el río: “En la villa de Chiclana de la Fronra, en 22 de Mayo de 1790 yendo en barcado, Fco. Anto. Rodrigz. de los Rios en un bote pª la Isla, encontró una Falua la quilla (…) sobre el bote de cuyo motivo estuvo quasi aogado se en comendo a nro. Pe. Jesus, y salio con felicidad.”

El segundo es de un accidente en un horno de cal: “Mateo Sanchez. Estando traiendo Piedras en un Orno de cal, cayo abajo del Orno con el peso de la piedra, la Vº, SSª. del Carmen y el Pª. Sn. Jose lo libro de que no hizo un leve daño. Noviembre 4 del año 1831.”

El tercero, una ofrenda a la Virgen del Carmen por una enfermedad grave: “21 febrero de 1856. La virgen salvó de grave enfermedad a Cecilia Rancés y Villavicencio”. El último, un exvoto ofrecido a la misma Virgen, también por la curación de una enfermedad. En esta ocasión no existe leyenda ni narración alguna, solo la palabra “exvoto”.

Si bien actualmente el exvoto no es un hecho religioso representativo, sí lo es en otras sociedades; en otros sistemas culturales. Y, aunque han cambiado sus formas, no así su sentido espiritual y religioso. En Andalucía existen algunos santuarios y ermitas que aún conservan sus exvotos, del mismo modo que en otras regiones de España y en Hispanoamérica, sobre todo en México. Muchos han desaparecido por manos amigas de lo ajeno y otros se han deteriorado. En nuestra ciudad es una tradición, una expresión de arte popular cargado de fe y de historia, que se ha ido perdiendo como otras, pero los existentes siguen formando parte de nuestro patrimonio religioso, cultural y simbólico.

Florence Nightingale, “La dama de la lámpara”

Entendía la enfermedad como la vía o camino que la naturaleza utiliza para deshacerse de los efectos negativos que han interferido en la salud de la persona. Y añadía que la salud era la capacidad que tenía el individuo para usar bien toda la energía que posee.

“El ruiseñor de Florencia”, “El ángel de Crimea” o “La dama de la lámpara” son algunos de los apelativos con que es conocida esta extraordinaria mujer, pionera de la Enfermería moderna, creadora del primer modelo conceptual de la profesión, precursora del uso de la estadística, escritora, benefactora y, sobre todo, una mujer que dio luz a la humanidad. Dedicó su vida al prójimo con la intención de buscar, encontrar y prever mejoras para que éste alcanzase las mejores condiciones naturales y así poder desarrollar una vida pletórica de salud. Curó enfermedades, alivió el dolor ajeno, consoló, ante su inevitable muerte, al moribundo en sus últimos momentos. Fundó escuelas de enfermeras laicas y reformó hospitales.

Se llamaba Florence Nightingale y nació en Florencia –de esta ciudad toma su nombre– el 12 de mayo de 1820. De padres británicos –Williams Edward y Frances–cambió, con sus reformas, la concepción de los cuidados a los enfermos en la Inglaterra de la época victoriana. Vivió, a partir de los cinco años, con su familia en una residencia llamada Embley Park, un lugar en el campo, cerca de Romsey, condado de Hampshire. Se educó en su propia casa, primero con una institutriz, después con su padre, que había estudiado en Cambridge. Leyó a los clásicos. Aprendió idiomas, aritmética, geometría y religión –la religión para ella fue fundamental en su vida–.

Al cumplir los 17 años y tras una primera epifanía mística, una llamada de Dios, –más tarde tuvo otras– supo que su misión era cuidar de los enfermos más desfavorecidos. Comenzó atendiendo a las familias pobres de su condado, curando sus heridas e incluso educando a sus hijos, a pesar de la oposición de sus padres, pues consideraban que una dama de su posición social no podía ser enfermera. Sin embargo, ella ya había tomado la firme decisión de continuar con su dedicación filantrópica-social y convertirse en enfermera-cuidadora. Otro de sus retos fue la petición en 1840, a sus progenitores, de estudiar matemáticas, algo inaudito en una mujer de la época, con el prestigioso profesor Sylvester. Fue su mejor y más destacada alumna. Después estudió estadística influenciada por el belga Quetelet.

En 1845 anunció a sus padres que quería trabajar en un hospital y estos volvieron a oponerse. Pero no fue un periodo vacío, pues entretanto se interesó por los aspectos sociales de la población conociendo a la benefactora Elisabeth Fry. En los siguientes años viajó por Europa –realizando el típico “Gran tour” de las familias acomodadas inglesas. En 1849 visitó Egipto conociendo no solo su cultura, sino la realidad social relativa a la salud de sus habitantes, así como los sistemas sanitarios que empleaban. En Alejandría estudió y practicó la enfermería en el hospital católico de las Hermanas de San Vicente de Paul. De su estancia en el país de los faraones escribió “Cartas desde Egipto, viaje al Nilo”, dirigidas a su hermana Parthone, publicadas en forma de libro. Tras cruzar el Mediterráneo pasó a Grecia y de allí a Alemania.

En Alemania visitó (1850) el hospital de las diaconisas de Kaiserswerth, fundado por el pastor protestante Theodor Fliedner y su esposa. Al año siguiente volvió para iniciar su periodo de prácticas. Un año más tarde continuaría su formación realizando sus prácticas en el hospital de Saint Germain, regentado por las Hermanas de la Caridad. Finalmente, trabajó como enfermera en el hospital de Laboisere, también en París. Al regresar a Londres, en 1853, fue nombrada superintendente –sin sueldo– en el Institute fort de Care of Sick Gentlewomen.

Su gran hora con la Historia le llegó en 1854, durante la guerra de Crimea junto al Mar Negro. Un conflicto bélico entre el imperio ruso y el otomano con la participación de Gran Bretaña y Francia como aliados de los turcos. Una crítica de The Times sobre las pésimas instalaciones sanitarias en el hospital de Scutari donde se atendían a los heridos de la batalla de Alma (septiembre de 1854) provocó un torbellino político que decidió solventar Sidney Herbert, amigo de Florence, enviándola como enfermera administradora al hospital. Junto con 38 enfermeras escogidas por ella misma observó y analizó las causas de los fallecimientos de los soldados en aquel hospital: falta de higiene, de ventilación, insalubridad de las aguas, heridas mal curadas, el cólera, la disentería, enfermos mal nutridos… Todas ellas hacían estragos entre los infortunados soldados. De inmediato Florence puso en práctica sus conocimientos adquiridos sobre higiene y salud. Además, involucró a las esposas de algunos soldados para que ayudasen en la limpieza, ventilación y preparación de las comidas. Llegaron nuevos soldados británicos heridos o enfermos del campo de batalla de Balaclava, pero ya había mejorado la situación con la reorganización y las acciones higiénicas-dietéticas del hospital. Con ellas consiguió que disminuyera el número de fallecidos por los distintos procesos infecto-contagiosos. Y el ánimo de los enfermos, pues en la noche, los atendía y consolaba alumbrándose con una lámpara –de ahí su sobrenombre, “la dama de la lámpara”–. Así mismo, les ayudaba a escribir cartas…

A su vuelta de Escutari, convertida en heroína, demostró a través de estadísticas, “el diagrama de área polar”, la necesidad de emplear sus métodos higiénicos-sanitarios a los pacientes de otros hospitales de aquella Inglaterra decimonónica. Presentado su informe al ministerio de la guerra, los resultados llegaron hasta las manos de la reina Victoria, quien la decoró por su actuación el frente del hospital de Scutari. Así se convirtió en la mujer más influyente de Gran Bretaña. Solo la propia reina era más influyente y popular que ella.

Su primer libro, “El arte de la enfermería”, sin pretender ser dogmático, fue una guía para todas las mujeres que cuidaban enfermos. En 1860 escribió su más famoso libro, “Notas sobre enfermería, qué es y no es”, y fundó la primera Escuela de enfermeras en el hospital Saint Thomas de Londres. Su método de estudio y prácticas influyó en otros países en donde se fundaron nuevas escuelas. Henri Dunant reconoció su gran aportación a la fundación de la Cruz Roja. Ella misma, antes de fallecer en 1910, creó la Cruz Roja Británica. Escribió más de 200 obras, entre libros, artículos y memorandos. A lo largo de su vida desarrolló una intensa labor social y educativa, a pesar de estar enferma –síndrome de fatiga, depresión– consiguiendo el respeto y reconocimiento internacional. Sin lugar a dudas, Florence Nightingale es una figura única, extraordinaria, que ha dejado una gran huella en el ámbito de la Salud Pública.

Día de los difuntos, una tradición

El culto y recuerdo a los difuntos en todas las culturas y civilizaciones conocidas de la Historia es un patrón cultural universal. Siempre fue y aún hoy lo es una constante omnihumana, aunque difieran los ritos y creencias funerarias. En todas las culturas, en todas las religiones, los ritos que se le deben a los muertos como miembros que fueron de una sociedad, son variados y a veces complejos. Y a pesar de las diferentes cosmologías, existe una premisa que se cumple en todas ellas y es que, a los difuntos se les homenajea –de ahí las consabidas honras fúnebres– dándoles con ello, un nuevo lugar simbólico en la sociedad. La muerte no es un hecho final, sino un viaje al más allá. Es la continuación de la vida en otro espacio, común para todas las religiones, pero con distintos nombres. Por ello los ritos de despedida no son nada baladíes. Todavía, inmersos en esta época de hipermodernidad, y aunque nuestros paradigmas religiosos hayan evolucionado, nuestra actitud ante la muerte es semejante a la de nuestros antecesores hace milenios.

En Chiclana, el recuerdo y la visita al cementerio para honrar a los difuntos en este día permanece como una tradición, quizás con menos afluencia que antaño. Se resiste como un “survivals”, como una costumbre ancestral de otro tiempo lejano cuando éramos una sociedad más rural y menos urbanita que la actual. Sin embargo, hemos de señalar, que es una manifestación cultural, social y religiosa importante, tras el rito de paso de la muerte. La muerte como hecho consustancial al ser humano como un proceso lógico, inevitable e irreductible desde los inicios de nuestra andadura como “homo erectus erectus”, las primigenias formaciones sociales humanas de cazadores-recolectores o las primeras sociedades preestatales… hasta la actualidad. Una actualidad que hace de este Día de los difuntos más especial y significativo. Más emotivo que otros, como consecuencia directa del número de fallecidos en España y en el mundo por la pandemia de la Covid-19. Para los españoles es la mayor tragedia humana desde la guerra civil. En Chiclana la cifra de personas fallecidas se mantiene en 17, aunque aumentó el número de contagiados el pasado octubre hasta alcanzar los 623 desde el inicio de la pandemia. Por ello, haciendo un paréntesis, nuevamente tenemos que hacer un llamamiento a la ciudadanía para que todos actuemos con responsabilidad cumpliendo las medidas higiénicas-sanitarias que nuestras autoridades sanitarias nos aconsejan: uso de la mascarilla, mantener la distancia social, limpieza frecuente de manos y evitar las reuniones sociales de más de seis personas.

A pesar de ello, con prudencia y respeto a las normas, en estos días pasados y sobre todo durante el día 2, Día de los Difuntos o Día de las Ánimas, muchas personas han honrado a sus antepasados fallecidos. Entre otras prácticas, además de oír misa o recordarlos con una plegaria, han visitado uno de los dos cementerios de nuestra ciudad, e incluso a ambos: el Mancomunado Bahía de Cádiz –para llevar flores– y el histórico de San Juan Bautista que, por ser más vetusto, tal vez unos días antes han ido a limpiar, pintar y adecentar las lápidas de los nichos de los difuntos de la familia. Un cementerio, digo histórico, que comenzó a construirse en 1884 ante la imposibilidad de realizar más enterramientos en el antiguo de El Egido –en el cerro del castillo– justo en donde se encuentran los restos arqueológicos de la ciudadela fenicia. Ante esta imperiosa necesidad, el Cabildo municipal, y el alcalde como primera autoridad –el liberal Fermín Urmeneta García de Carrasquedo– decidieron en sesión ordinaria del 10 de noviembre de 1883, construir uno nuevo en extramuros de la ciudad en la zona cercana a la ermita de la Soledad. Llevado el proyecto del arquitecto municipal, Cayetano Santaolla a subasta pública, fue adjudicado a Esteban Real Moreno en la cantidad de 39.675 pesetas. Así, durante más de cien años, –hasta enero de 1992– el cementerio ha sido lugar de última morada para muchos chiclaneros y chiclaneras, y cómo no, es hoy testigo de la historia. Y aún hoy, sigue realizándose enterramientos.

Este año aprovechando la visita íntima a mis difuntos hice un recorrido “histórico”, como cronista de la ciudad, hallando entre las lápidas, nombres de antiguos exalcaldes y exconcejales de la Chiclana del pasado siglo XX. También están los nombres de otras personas significativas que, por sus actividades empresariales o sociales, hicieron historia en la ciudad; los nombres de los fusilados y desaparecidos durante la guerra civil y el franquismo en el monumento dedicado a su memoria, o el realizado y dedicado a Paquiro en el bicentenario de su nacimiento. Fue para mí, de alguna manera, una forma de recordar y honrar a los que nos precedieron en el devenir de la historia política social y cultural de nuestra ciudad.

Proyecto de un camino de Chiclana a la Isla de León y Cádiz

En 1765, al antiguo camino de la barca de Sancti Petri le salía un competidor. Un camino más corto que partiendo de Chiclana, atravesaba albinas y marismas pasando el río de Sancti Petri en una nueva barca y llegar así a Gallineras. Consistía en un camino muy diferente al trazado por los romanos en la Antigüedad –la vía Heráclea– que llegaba hasta las islas gadeiras. Por él muchos viajeros y peregrinos acudían a ofrecer sus exvotos al dios-héroe Hércules-Melkart en su “templum” de Sancti Petri donde, a buen seguro, existiría en sus inmediaciones un embarcadero donde atracar sus naves los que venían por mar.

Hasta 1446 no tenemos noticia del viejo camino de la barca de Sancti Petri. En ese año, el duque de Medina Sidonia, Juan Alonso Pérez de Guzmán y Suárez de Figueroa (1436-1468), primer duque de Medina Sidonia, mandó construir un camino que finalizaba en la parte suroeste del río Sancti Petri. Allí emplazaba, en un lugar cercano al actual puerto, una barca de pasaje –y un mesón– para unir Chiclana con Cádiz. Y consta en las crónicas del ducado que el duque la entregaba, en 1459, “por juro de heredad” a su criado y aposentador mayor, Juan de Ceniza.

Otra forma de ir a Cádiz en barco, ya en los siglos XVII y XVIII, era el llamado “Pasaje de falúas”, que salía de un embarcadero del río Iro situado en la zona de El Lugar, próximo a la calle de la Plaza, donde se construyó una ermita –más tarde iglesia de San Telmo –. Las falúas partían hacia Cádiz tanto de día como de noche, en función de las mareas. Después de pasar por los meandros del río Iro, se llegaba al río de Sancti Petri hasta alcanzar la costa. Algunos viajeros decimonónicos, como el barón de Bourgoing nos señala que el tiempo que se empleaba era “con viento y marea favorable en no más de dos horas”. Pero con el tiempo, el río se fue colmatando por lo que hubo de construirse un muelle en el caño de Bartivás. Así lo describe el conde de Maule en uno de los viajes a nuestra ciudad.

Pues bien, presentado el proyecto del maestro mayor de los Reales Arsenales de la Carraca al duque de Medina Sidonia, Pedro de Alcántara Pérez de Guzmán y Pacheco (1739-1779), este decidiría su construcción. La idea partía de Bartolomé Arrafán y Valdés, tesorero del duque en Conil, cuyo hermano de Francisco era alguacil mayor de la villa de Chiclana. El título dice así: “Plano del sitio por donde se puede formar una calzada ó arrecife de piedra para ir por el camino mas corto de la villa de Chiclana á la Ysla de Leon y Cadiz”. Y debajo se describe, sucintamente, cómo sería: “La faja verde señala él Rio de Santi Petri. La Barca que está figurada en él junto al sitio de Gallineras, és la que se deverá poner allí para él pago de dho. Rio. El color amarillo señala él dho Arrecife, cuyo ancon, i angulo le origina él mucho fango, y pantanos, que ay hacia su lado derecho, y por lo que no puede correr en recta linea, desde la villa al pasage de Gallineras”. El camino tendría 3.050 varas de largo con un coste de su fabrica tasado en 320 pesos. Y lo firmaba en Chiclana, el 30 de septiembre de 1765. El plano se halla en el Archivo de la Fundación Casa Medina Sidonia.

Finalmente, el duque no lo construyó y quince años más tarde, el Concejo volvió a presentarlo al nuevo duque, José Álvarez de Toledo y Gonzaga (1779-1799) en octubre de 1780, año en que se copió el plano presentado. Pero hubo de transcurrir unos años más para que se construyese. Así, hallamos en las actas capitulares que, en septiembre de 1792, y superada la autorización del duque, el camino entre San Fernando y Chiclana –por Gallineras– era una realidad. Había sido construido bajo la dirección del teniente director de Arquitectura, Torcuato José de Benjumeda, encargado en la construcción de la Iglesia Parroquial de la Villa. Un camino por el que entrarían, el 7 de febrero de 1810, desde Puerto Real, las tropas francesas a la villa de Chiclana.

Ahora, en nuestra más próxima actualidad, se ha proyectado un nuevo camino ciclopeatonal a San Fernando que ejecutará la Consejería de Fomento, Infraestructura y Ordenación del Territorio. Unirá a lo largo de más de cinco kilómetros, Chiclana con San Fernando a través del caño de Sancti Petri, en el Parque Natural de la Bahía de Cádiz. Un disfrute medioambiental para caminantes y ciclistas del siglo XXI. Deseamos que pronto comience las obras del nuevo sendero para que así todos podamos disfrutar de nuestro extraordinario paisaje medioambiental –fauna y flora incluida– y, de paso, saludar a nuestros amigos convecinos de San Fernando, que no son pocos.

Las arcas municipales de las tres llaves

Muy al contrario que el intrépido y aventurero Indiana Jones, que se pasó toda una película buscando el Arca perdida –el Arca de la Santa Alianza–, del mismo modo que otros arqueólogos siguen buscándola, el arca o arcas de las tres llaves se hallaban muy a la mano y en lugar protegido en todos los lugares, villas, pueblos y ciudades del reino de España. Si bien en tiempos de los Reyes Católicos existía un “arca de los privilegios” para guardar caudales y documentos municipales es, durante el reinado de Felipe II, cuando se decreta su constitución mediante una Pragmática del año 1584: “Mandamos que en cada lugar aya un arca de tres llaves diferentes en la parte más commoda, i segura, que al Ayuntamiento le pareciere, en la cual se meta todo el dinero, que tuviere el pósito, i tuviere procedido, i procediere de pan de el; i una llave tenga la Justicia, i otra un Regidor, i otra un Depositario…” A este arca, que contenía la recaudación municipal junto con la del Pósito, se unía a otra en donde se guardaban los documentos de la diplomática municipal sirviendo como archivo, por lo que se le llamaba el arca del Archivo. Ambas se guardaban en diversos lugares del municipio, sobre todo en sitios seguros o bien custodiados. Lo habitual era en las Casas de Cabildo o Consistoriales.

En Chiclana, las primeras Casas Consistoriales se ubicaron en la Plaza Mayor, junto con la cárcel y el Pósito, cercanas a la primitiva iglesia de San Juan Bautista. Pero no siempre estuvieron allí las arcas. En 1720, al hallarse en ruinas el edificio y no pudiéndose celebrar en él los cabildos, las arcas se encontraban junto a otros documentos municipales en la casa del escribano. Cuatro años más tarde, acondicionado el lugar, volvieron a su procedencia con la mayor celeridad. Así lo ordenaba el XIII duque de Medina Sidonia, Domingo Pérez de Guzmán y Silva, dada la importancia de lo que se hallaba en ellas. Y añadía, que no solo se guardasen, sino que se hiciese inventario de todos los documentos y del caudal, para lo cual existía un libro en donde se anotaba su contenido. Otro de los lugares en donde se depositaron fue el convento de las Madres Agustinas Recoletas. Según narra José Guillermo Autrán en su monografía sobre Chiclana, el Cabildo así lo había decidido “por ser el sitio más seguro”. Como recompensa, en 1739, acordó: “una gratificación para el convento, de 3 000 reales por una sola vez”.

Sin embargo, con anterioridad, en 1672, según consta en el acta capitular de la sesión ordinaria del 31 de enero se dijo: “… el Cavildo desta villa de mucho tiempo a esta parte está sin arca de archivo donde se guarden y recojan todos los papeles, escrituras y privilegios y demas papeles importantes de la villa”. Entonces, se tomó una de las arcas del depositario del Pósito para suplir su falta. Y continuaba el acta diciendo: “se ponga en poder del presente escribano con tres llaves, de las quales tenga una el Señor Corregidor y otra el regidor más antiguo y la otra el presente escribano”. Una importante reforma de las Casas Consistoriales y la construcción de la Torre del reloj o Torre del Cabildo, supuso un gran paso para su mejor custodia. Así, en la sesión ordinaria de cabildo del 6 de marzo de 1767, los señores regidores concurrentes acordaron: “Que el arca de tres llaves y el archivo del pósito se coloque en el primer piso de la torre que para poner relox de fuerte cantería se ha edificado en la plaza pública, con unión de las Casas Capitulares y comunicando con ella; cuyo primer cuerpo y lo demás de dicha Torre se halla sin concluir y por ello se hace preciso, a lo menos finalizar el mencionado cuerpo”.

No obstante, y muy a pesar de ello, a lo largo del tiempo se perdieron algunos documentos como el tomo de la serie de Actas Capitulares que comprendía los años 1638 a 1660. Otros se han hallado, pero con síntomas de deterioro, como los correspondientes al periodo 1551-1579. Del mismo modo, durante la ocupación francesa, muchos “papeles municipales se utilizaron para hacer cartuchos de munición para fusiles”. No obstante, al margen de todos estos desatinos, y gracias a estas arcas, se ha preservado una importante colección de tomos relativos a las Actas Capitulares de los siglos XV al XIX que hoy se conservan en nuestro Archivo Histórico Municipal. Un importante y rico patrimonio documental de diplomática municipal. Más de cuatrocientos años de historia en los que se da cuenta y razón de la toma de decisiones y acuerdos del Cabildo de la Chiclana de la Frontera a lo largo de la Edad Moderna y parte de la Contemporánea.

Tarjetas de Navidad, una tradición que se va yendo

En todas las civilizaciones existen unos sustratos culturales que dan sentido, tanto en tiempo presente como en tiempo pretérito, a la sociedad o sociedades que la conforman. Ello tiene que ver con las tradiciones; costumbres que identifican a una sociedad. Una de ellas es la tradición de usar Tarjetas de Navidad. Más bien era, al menos en papel, porque como otras muchas tradiciones la evolución de los cambios sociales –muchos de ellos al amparo de la economía y las nuevas tecnologías– se ha ido diluyendo o desapareciendo. Muy al contrario que las nuevas las formas culturales que entran a formar parte de esa gran cultura. Ambas, del mismo modo, modifican el patrón cultural.

Chiclana, como otros muchos lugares del mundo, sobre todo dentro de las culturas occidentales –aunque también se ha dado el fenómeno en las orientales– ha evolucionado en sus costumbres y tradiciones. Esta se ha sumergido en el río de las tradiciones que las aguas se han llevado o varado en una lejana orilla. De esta forma, las Tarjetas de Navidad se han convertido en objeto de estudio y coleccionismo. Tienen, por tanto, un valor etnográfico, además del sentimental.

De los dibujantes y pintores más prestigiosos se encuentra el poeta, pintor, dibujante, ilustrador y escultor barcelonés, Juan Ferrándiz Castell (1917-1997). Porque Ferrándiz es, por su inigualable obra artística navideña –al margen de su polifacética carrera de escritor e ilustrador de cuentos– un icono de la ilustración española e internacional. Sus postales forman parte de nuestro patrimonio artístico-cultural. Y es, sin lugar a dudas, un referente social y cultural de nuestra infancia, adolescencia y madurada juventud. Sus imágenes han ilustrado y dado luz a nuestra Navidad marcando con su estilo una época, como si de un cambio social se tratase. El mismo cambio que fue dando paso a una nueva sociedad española a comienzo del tardofranquismo e incluso más allá de ese mismo proceso histórico, pues su producción alcanzó hasta la década de los 90, ya con la democracia consolidada en España.

En sus primeras obras, hacia 1952, reproducía figuras de belenes menos clásicos –hoy piezas codiciadas por los coleccionistas– dejando constancia de su manera original de dibujar e ilustrar. Pero fue durante la década de los 60 cuando irrumpió con un original lenguaje plástico rompiendo moldes estéticos y forjando una identidad diferente, sin parentesco y atemporal. Así, Ferrándiz fue dejando atrás la característica iconografía católica para dar un giro más modernista; un nuevo enfoque a las tarjetas de Navidad provocando, no solo el cambio en sus figuras, sino también en su pintura: colores, luminosidad y estilo.… Y todo ello haciendo identificables las diferentes situaciones en que se desarrollaba el motivo, es decir, la Navidad, pero con escenas o paisajes distintos o figuras diferentes de lo que se estilaba entonces: la recreación del nacimiento de Jesús. De esta manera, y sin dejar de lado el hecho religioso, sus composiciones eran un nexo para acercarnos a un tiempo de paz a través de sus anónimos personajes de los que emanaban en su rostro –con aquellos ojos achinados– una sonrisa especial: amor universal entre los humanos, como él mismo sostenía por lema. También el pacifismo, pues se consideraba un pacifista.

Aún conservo las primeras tarjetas de la década de los sesenta, de colores más apagados; algunas de ellas con el precio marcado a lápiz, como si el propio ilustrador lo hubiese puesto en la esquina inferior del reverso y el remitente olvidó borrar con la clásica goma de nata de Milán, la misma que utilizaba el bueno de Ferrándiz durante sus creaciones. También aquellas de los años setenta, de colores más vivos e iluminados, los tonos pasteles y, una vuelta al color más tenue en los ochenta. Las de su último periodo, en la década de los noventa: entrañables, sublimes, serenas, sin una mínima indecisión en su lápiz.

Hoy, ahora, todas ellas han quedado ancladas en mi memoria formando parte de mi universo simbólico. La añoranza me transporta a un tiempo no tan lejano cuando Correos traía y enviaba nuestras felicitaciones de Navidad; cuando con contenida emoción, abríamos el sobre y leíamos la tarjeta de nuestros familiares y amigos que decía: “Con los mejores deseos y augurios para el año venidero. Felicidad y prosperidad”. Hoy, ahora, sus tarjetas han quedado en nuestra sociedad como reminiscencias del pasado tras la irrupción de las nuevas tecnologías. Ellas, que han desterrado las tarjetas de Navidad, serán las que conserven su legado artístico como se conservan las obras de arte en un museo. En la Navidad de 2007 nuestro Correo le homenajeó con la edición de un sello autoadhesivo de 0,58 euros. Acertado y merecido homenaje para honor y gloria del maestro Ferrándiz.

Desde este espacio de “El Periódico de Chiclana”, en papel, Feliz Navidad para todos.

Enero de 1848. Un aeronauta en Chiclana

Desde que, a finales del siglo XVIII, los hermanos Montgolfier inventaron el globo aerostático propulsado por aire caliente habían pasado más de cincuenta años. Su progresión y desarrollo había sido espectacular. Los nuevos globos se cargaban con gas pobre y ascendían a mayor altura recorriendo mayores distancias.

A mediados de diciembre de 1847 llegó a Cádiz el francés François Arban acompañado de su esposa, madame Marie Bertran de Senges. Era un elegante caballero, fino en modales, más científico que aventurero que venía para ofrecer a la ciudad uno de los espectáculos de moda de la época: las ascensiones en globo. Monsieur Arban experto en esas lides había visitado con anterioridad: Madrid, Barcelona y Sevilla.

Para la ascensión necesitaba un permiso oficial del Jefe Superior Político –Gobernador civil o Subdelegado del Gobierno en la actualidad–. Si era autorizada, se procedía a enviar oficios a los alcaldes de las ciudades y villas por donde pasaría o descendería el globo, y también a la Guardia Civil, a fin de proporcionarle la protección y el socorro necesario al aeronauta –que llevaba, entre otros útiles, dos pistolas en su cesta– en el caso de que fuese asaltado por bandidos o malhechores al descender en un lugar agreste o inhóspito lejano de la civilización, pero también por gente inculta o supersticiosa. En algunos lugares de España, se dieron casos de atropellos al aeronauta y a su globo. Unas veces porque campesinos asustados le atacaban al ver a un hombre descender del cielo, y otras por los destrozos causados en los cultivos, sembrados y viñas. En ambos casos intentaban apalearlo.

El espectáculo en Cádiz fue autorizado para realizar las ascensiones solicitadas al Jefe Superior Político. Además, consta en el Archivo Histórico Provincial de Cádiz, un documento de fecha 16 de diciembre de 1847 del alcalde de Cádiz, en el que ruega se le preste auxilio al Mr. Arban cuando descendiese del globo. Diez días después, el 26 de diciembre, tiene lugar el primer vuelo. Partió desde la plaza de toros en un ambiente festivo y alegre. El viento de poniente desplazó al globo en dirección a Medina Sidonia llegando hasta Los Barrios, donde fue recogido por unos campesinos o ganaderos cuando cayó en el campo. Varios días después, el 29, regresó de nuevo a Cádiz. Posiblemente en este viaje le acompañó su esposa. Precisamente de ella existe documentación expresa de sus ascensiones dos años más tarde. Lo podemos leer en “El documento destacado” del Archivo Histórico Provincial de Cádiz, intitulado: “Una pionera de la aerostación, Madame Bertran de Senges en Cádiz (1850)” editado por la Consejería de Cultura. Marzo-Abril, 2019.

La siguiente ascensión es la que nos atañe como chiclaneros. El 1 de enero de 1848, Arban cruzó la bahía en su globo y llegó hasta Chiclana descendiendo en la zona de Las Menuditas. Sin duda, fue una tarde festiva para la población. Muy al contrario que en otros lugares el aeronauta fue llevado, como solemos decir por aquí, “en volanda”, desde el sitio del descendimiento hasta el centro de la villa; al lugar de ocio y recreo de sus vecinos: la alameda del río. El alcalde envió escrito al Jefe Superior Político y éste no tardó en agradecerle a él y al pueblo de Chiclana, la calurosa acogida.

Así, en la sesión ordinaria de Cabildo correspondiente al día 6 de enero de 1848, presidida por su alcalde Julián Juderías, se leyó, en tercer lugar, un oficio del Jefe Superior Político del “tres del corriente dando gracias al Sor. Alcalde y habitantes de esta Villa por la buena acojida que tuvo el aereonauta (aeronauta) Mr. Arban el dia de su descensión en primero del corriente, y el Ayuntamiento acordó quedar enterado y que se consigne en esta acta que el referido aereoanuta salió de la Plaza de Cadiz, cerca de las tres de la tarde y descendió en esta Villa al sitio de las Menuditas y pago del Aguila a un cuarto de legua al Sur de esta población á las cuatro menos diez minutos de la misma y que tubo tan feliz acogida de estos habitantes que fue traido dentro de la canasta y el globo ondeando por los aires atravesando en mayor parte de la población hasta la alameda de la orilla del Rio donde desahogó el referido Globo y que fue ospedado en casa del Sor. Alcalde”.

Arban y su esposa, se hicieron famosos. El 7 de octubre de 1849, repetía una nueva ascensión en Barcelona. Las condiciones atmosféricas y la calidad del gas pobre no eran las más idóneas, por lo que antes de partir dejó a su esposa en tierra. Tras elevarse el globo se dirigió hacia Levante y adentrándose en el mar Mediterráneo, desapareció. Nunca más volvieron a verlo, aunque cuentan ciertas leyendas que llegó hasta África. Ello incrementó su fama. Pero nunca más se supo de él. Tenía 34 años.

Chiclana en el Diccionario de Pascual Madoz

Entre 1845 y 1850, Pascual Madoz escribió y confeccionó su famoso “Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar”. Una ingente tarea que, según el propio Madoz, contó con más de “mil corresponsales colaboradores ilustrados”. Pero ¿qué nos dice el diccionario sobre Chiclana? Bastantes cosas, aunque de manera sucinta, casi telegráfica.

Así, de esta manera, nos describe la situación geográfica, el clima, las distancias entre los pueblos cercanos, el número de habitantes –21 046 almas– las parroquias y ermitas, las escuelas, el comercio, la industria, el puente de barcas en el Zurraque, las lagunas, las huertas y los caminos, las canteras y molinos de viento… Nos nombra el castillo de Sancti Petri y Santa Ana, las dos fuentes, el río y sus dos puentes, el hospital y el hospicio de san Alejandro “que da hospitalidad, así á la ancianidad desvalida como a la juventud desgraciada”. Y nos aporta un dato muy curioso: “tiene un teatro propio (…) capaz de contener 1,000 personas, bien decorado”. De nuestra historia dice: “No es Chiclana pobl. que juegue particularmente con la historia hasta los tiempos modernos, aun cuando se la suponga conocida con el nombre de Ituci en la antigüedad. La hizo célebre la sangrienta batalla que el 4 de marzo, se dio en su ter.” También refiere las dos almadrabas del término: la de la Barrosa y la de la Cueva, los esteros y campos, la exportación de cereales, vinos y aguardientes, frutas y hortalizas, y los “telares de lienzo”. Y por supuesto nombra cinco manantiales de aguas ferruginosa: el Chaparral, la Naveta, el Fontanal, Brake y Fuenteamarga. Donde más se detiene, en un segundo artículo, es en la descripción de los baños termales de Fuenteamarga, gracias a la colaboración del director médico de aquellos baños. Su descripción es densa y amplia.

Lo más curioso es la estadística criminal, con datos de los acusados y condenados del partido judicial, representado en un cuadro sinóptico en el que aparece un número de habitantes distinto al erróneo expresado arriba. Este segundo es más aproximado a la realidad de aquella época: 9144 almas. Según la estadística oficial Chiclana tenía una población de 9097 almas para el año 1847, y 7339 para el año 1850.

A pesar de este “lapsus” no sale malparada la entonces villa chiclanera, salvo por la aclaración que el propio Madoz pone a pie de página: “Cuando en casi todos los art. del Diccionario deberíamos manifestar nuestro reconocimiento á las personas ilustradas que toman tanto interés en la mayor perfección de nuestra obra, y nos facilitan cuantos datos y noticias suplicamos, debemos declarar, tratándose de Chiclana de la Frontera, que en 6 años que hemos estado procurando por todos los medio imaginable adquirir noticias para su descripción, no hemos podido encontrar una persona que nos facilite desde aquella villa. En Madrid hemos tenido que consultar á sujetos que la conocen muy á fondo, y con sus noticias y las muy importantes relativas á los baños, debidas a su digno director D. Antonio Uceda Pinel, hemos formado los dos art. de Chiclana de la Frontera, que publicamos”.

Esto quiere decir que todos los datos fueron facilitados por informantes o tomados o copiados de libros editados con anterioridad. Sin embargo, nos llama bastante la atención la nula colaboración del Consistorio, porque en el cabildo del 11 de agosto de 1845, presidida por el primer teniente de alcalde, Juan Arroyo –por indisposición del alcalde, Pedro Hernández– el secretario del Ayuntamiento, José María Araujo, leyó: “En esta sesion se vió una manifestación del Sr. Dn. Pascual Madoz redactor del Diccionario Geográfico, Estadistico, Historico, su fecha catorce de Julio ultimo y se acordó: Que se manifieste á dicho Sr. por el Sr. Alcalde que esta corporación está pronta para dar cuantas noticias se puedan ofrecer y que queda facultado el actual Secretario para facilitarlas y entenderse directamente con dicho Sr.”

Entonces, ¿qué fue lo que ocurrió para que apareciese la nota aclaratoria? Lo desconocemos. No sabemos si fue la desidia, el olvido o el no querer dar datos. Es difícil saberlo, pero es la única población en todo el diccionario –relativa a los pueblos de la provincia de Cádiz– en la que aparece una aclaración como esta.

Años después, volvemos a tener noticia del diccionario en la sesión de cabildo del 14 de octubre de 1850. Días antes, se había recibido una comunicación del administrador del diccionario para que el Ayuntamiento se suscribiese. La corporación “no obstante de estar convencida de la conveniencia (…) como quiera que la escases de los fondos de Propios no permiten el gasto acordó no suscribirse por ahora”.

Una lástima, porque la obra es de referencia para conocer la época. Y es de suma utilidad para los que andamos inmersos en el estudio de la Historia de España o en la local. En nuestro caso en la de Chiclana.

Napoleón en la historia de Chiclana

A veces los planteamientos de la historia general inciden de manera categórica en la historia local situando al individuo objeto de ella en la primera línea de la acción histórica dentro de la sociedad a la que pertenece. Es entonces cuando la comunidad o sociedad local, que ya posee un pasado anterior propio, no es ajeno a los grandes procesos históricos de la historia global. Así, el personaje o los diversos personajes que intervinieron de alguna manera en el proceso de construcción de una épica, un periodo o una época actúan como motor de cambio modificándola. Uno de los personajes de la historia de Chiclana es indudablemente Napoleón Bonaparte, cuyas decisiones afectaron sobre manera a nuestra antigua villa, incluso más aún que otros que pertenecen de manera inexorable, pero tangencialmente, a nuestra historia local y que pusieron alguna vez sus pies sobre nuestro territorio; al menos así nos han contado algunos historiadores de la Antigüedad como Estrabón o Plinio cuando se refieren a Aníbal Barca o Julio César, por ser ambos generales –en similitud con el general corso de Ajaccio–, personajes de primer orden en nuestra cultura occidental. El corso Napoleón no pisó nuestro territorio, pero sí alteró, modificó y transformó más que otros nuestra historia local al intervenir, de manera exasperada además de belicosa, en una de las páginas más cruentas de la historia de España, y a la postre, en la construcción de nuestro estado-nación. Como figura central de aquel periodo de guerra en Europa, su toma de decisiones influyó en un amplio espacio geográfico sobre individuos, comunidades, pueblos y naciones muy lejanas, muy equidistantes del centro de poder que entonces era París.

En este mes de febrero nos acercamos, en sus primeros días y a la luz de la Historia, a uno de los acontecimientos que más han influido –por su carga negativa– en el devenir de nuestra ciudad. Si abrimos los anales de nuestra historia local habremos de leer muchas páginas relativas al periodo napoleónico, uno de los procesos históricos más interesantes de ella y el que pone a Chiclana, durante el siglo XIX, en la historia de España de manera particular: la Guerra la de Usurpación. Acertado nombre que sería desechado para más tarde ser llamada Guerra de la Independencia.

En esta encrucijada, en este tiempo revolución, los hijos de Chiclana entran en la historia forzados por las circunstancias de un pacto entre Napoleón y Godoy –el pacto firmado en Fontainebleau– cuya primera consecuencia fue la entrada como aliado del ejército imperial francés en suelo hispano, en octubre de 1807. Sin embargo, no será hasta los sucesos del “Dos de mayo” en Madrid, cuando tengan que alistarse para la guerra. Primero de forma voluntaria al que solo acuden dos chiclaneros, según podemos leer en nuestras actas capitulares: “¿Dónde esta el entusiasmo, amor y lealtad conque proclamasteis a vuestro Rey Fernando? ¿Quién nos diría que seríais los primeros en ofreceros voluntariamente a tomar las armas? Solo dos vecinos han sido tan generosos (…) La Junta de Gobierno os llama, y os invita para que os alistéis”. Después vendría el forzoso cuando ya sin remisión tendrían que acudir, obligados, a la declarada guerra contra Francia. Sin embargo, todavía estaba por escribir los acontecimientos más sombríos, más comprometidos, las horas más trágicas de nuestra historia: la ocupación de la villa el 7 de febrero de 1810 por el Primer Cuerpo del Mediodía del Ejército Imperial, la llamada “Gran Armée”. Sin embargo, en aquellos días de febrero el emperador estaba más interesado en buscar una emperatriz –la austríaca archiduquesa María Luisa– que por la guerra en el sur de España. De hecho, Napoleón le demanda a su ministro Fouché que no se imprimiesen noticias sobre la archiduquesa, sino de la guerra en suelo hispano extraídas del diario oficial, “Le Moniteur”.

Con el transcurrir de los meses y en este periodo, van a suceder hechos de una magnitud extraordinaria, cuya trascendencia ha quedado reflejada en nuestra historia local: la ocupación e intervención militar de la villa; las contribuciones y sobrecargas –manutención de más de 6000 hombres y caballerías del ejército imperial acantonado en ella–; la usurpación de bienes y caudales –y para otros muchos– el bien más preciado: la vida. También el ejército imperial sufría sus bajas de las manos de los chiclaneros insurgentes, pero nada sería comparable con los desmanes y tropelías producidas en la población civil. Dentro de este periodo tendrá lugar la Batalla de Chiclana o Batalla de la Barrosa. En esta ocasión poca sangre chiclanera corrió por el campo de batalla. Lo peor de ella fueron los saqueos y represalias de aquella noche y las de los días siguientes.

Napoleón solo aparece, literalmente, en contadas ocasiones en nuestras actas capitulares. La más señalada corresponde a la celebración de si cuadragésimo primer aniversario. Una historia que contaremos otro día.

El correo en Chiclana

El Correo es uno de los vínculos universales –unión entre personas– más importantes creados por el ser humano. El Correo es, como se demuestra en estos tiempos de pandemias, un servicio esencial para todos los habitantes de los estados-naciones del planeta. Tanto es así, que el primero de julio de 1875 se fundó la Unión Postal Universal, actualmente integrada en las Naciones Unidas desde su creación en 1948.

Los correos se remontan a la Antigüedad, a sociedades estatales en los albores de los primeros reinos y posteriores imperios, pues las distancias se hicieron enormes para la comunicación entre súbditos y gobernantes. Así, los primeros correos a pie y a caballo de la historia los hallamos en Egipto, Grecia y en el imperio persa de Ciro I. Sin embargo, el verdadero precursor de un servicio oficial de correos no fue otro que el imperio romano y su “Cursus Publicus”, reservado a la gobernabilidad y necesidades del Estado. También fue Roma innovadora en el transporte del correo estatal instaurando, a medida que el imperio se expandía por el orbe conocido, un servicio de carros postales: los “Carpentum”, que fueron los primeros correos en recorrer nuestras calzadas romanas en Hispania.

Un salto en la historia nos lleva a otro imperio, al español y a los correos a pie de Castilla en los siglos XIV-XV y los llamados “correos por vereda”, que no eran otra cosa que el correo transportado por caballos de posta. Mención especial por su trascendencia en el correo español es la figura de Francisco Tasis, nombrado maestro mayor de postas por Juana de Castilla y Felipe el Hermoso. Y como era época de descubrimientos y colonización nacieron los Correos Mayores para ultramar. Sin embargo, no es hasta Felipe V, en 1706, cuando el correo se convierte en una institución del Estado. Así, en 1756, se creó el Cuerpo de carteros que ha llegado hasta nuestros días. Con el reinado de Carlos III se fundan los Correos Marítimos del Estado para América, fundamental para el servicio de las colonias. En las siguientes décadas la evolución del correo corrió paralela a la historia política, social y económica del país.

En Chiclana durante todos estos siglos las cartas dirigidas al Ayuntamiento, Regimiento y Justicias de Chiclana por vereda y a través del río son testimonios de nuestra historia. Son documentos históricos enviados por el ducado de Medina Sidonia, y otros por instituciones estatales conservados en nuestro Archivo Histórico Municipal. No será hasta el siglo XIX, con la Guerra de la Independencia de fondo, cuando los correos o mejor dicho la administración de Correos se halle presente en nuestras actas capitulares. Precisamente de este periodo hallamos, además de las oficiales, las primeras cartas privadas escritas y enviadas desde Chiclana o bien recibidas de otros lugares.

Al margen de las famosas cartas escritas por Frasquita Larrea a su marido Juan Nicolás y publicadas por el profesor Orozco Acuaviva, se han encontrado algunas, de soldados franceses, en diversas subastas. Otras son cartas-órdenes que circulaban por valija militar. También tenemos noticias del servicio de Correos anterior a la ocupación: el nombramiento de carteros –entre otros el que sería maestro de Antonio García Gutiérrez, Antonio Galante– y las deficiencias, que fueron muchas, una vez comenzaba la guerra. En este sentido fue encomiable la labor insurgente de nuestros guerrilleros contra los correos militares y la de los caballeros administradores de las oficinas postales que demoraban las entregas. En el cabildo del 27 de junio de 1811 el propio corregidor, Juan Bautista Hernández, anunció que el general Villatte le advertía sobre “los defectos que notaban en el correo, pues se recibían a veces juntos dos ó tres cartas, y algunas abiertas despues de muchas oras y que indicaba muchas sospechas y devia tratarse el remedio”. Al finalizar la guerra, presumiblemente, la administración de Correos se hallaba en la calle de la Fuente. A lo largo del siglo, durante el reinado de Isabel II, las peticiones al Cabildo de cambio de oficinas serían una constante, muchas de ellas como consecuencia del mal estado de la finca donde se ubicaba la administración postal.

Ya en el siglo XX y recién estrenado el siglo, en 1903, Correos se trasladaba a la calle Risso número 8 –actual Constitución– y el Telégrafos a la calle Rivero. Por ambas pasaron distintos directores de Correos y Telégrafos, carteros, carteras y auxiliares de los que aún recordamos sus nombres: Joaquín Galindo Sánchez, Jesús Esteban, Jesús Martialay Maisonnave y Antonio Becerra Melgar, Alicia Padial, Joaquín Revuelta, Rafael y Juan Peña (Juanelo) Paco Soriano, Paco y Benito Lobo, Paco Meléndez, Agustín Carmona, José María Gómez, Alfonso Rodríguez, Fernando Ortega, Rafael Pavón, Agustín Leal y, Antonio y Paco Panés. En 1993, las oficinas se trasladaron a la calle Jesús Nazareno, 4 inaugurando una nueva etapa del correo en Chiclana.

La acción del 3 de marzo de 1811 en Sancti Petri

Creo que la mayoría de la ciudadanía chiclanera conoce sobradamente que el 5 de marzo conmemoramos el día de la batalla de Chiclana o de la Barrosa; el día de los caídos –franceses, británicos, portugueses, alemanes y españoles– en el campo de batalla. Homenajeamos así a los que dieron su vida por nuestra libertad. La libertad arrebatada, usurpada, de los vecinos de la villa de Chiclana –y de otros muchos españoles– como consecuencia de la invasión en España del Ejército imperial francés de Napoleón Bonaparte.

Pero quizá conozcan menos lo ocurrido dos días antes, la madrugada del día 3, y que tuvo que ver con la batalla, pues cambió el plan inicial y preconcebido por la Regencia. Fue una maniobra audaz, peligrosa, que costó muchas bajas al 4º Ejército español, sin embargo, no pudieron entrar los franceses en la Isla de León. Un relato de cómo sucedió, desde el lado francés, la he hallado en unas carpetas de Archivos PARES -Portal de Archivos Españoles–. Es una carta escrita por el coronel de ingenieros Legentil, que vivía en Chiclana, enviada al general de la misma arma, Léry.

Comienza poniendo en antecedentes a su general de cómo se gestó la primera acción de la batalla: “Desde que el 5º Cuerpo salio de Sevilla, concibieron las Cortes el proyecto de hacer levantar el Sitio de Cadiz (…) el mal tiempo desconcertó sus planes de Campaña por la dificultad en que se hallaban las tropas de la Isla de hacer ningún desembarco”. Por esta causa se cambió el plan operativo viendo los franceses, salir de Cádiz, el segundo convoy naval. No así el primero con las tropas anglo-portuguesas el día 21 de febrero. No se equivocó mucho del número de barcos del segundo convoy: “(…) vimos de repente salir de Cádiz un convoy de 190 velas que llevaba 15 000 hombres”. Al desconocer la partida del primer convoy creyeron que en este iba todo el ejército expedicionario comandados por Lapeña y Graham. “Según noticias desembarcaron en Tarifa”. Eso sí, era cierto.

Por lo relatado se entiende que los franceses tenían espías y confidentes en el Cádiz sitiado, porque añade: “Habian quedado de guarnición en la Isla de Leon 5000 al mando del general Zaya entre los que había 400 portugueses mandados por oficiales ingleses”. Con toda esta información y otras posteriores los imperiales extremaron la vigilancia, observaron los movimientos de esas tropas llegando a conocer el día exacto que el mariscal Zayas cruzaría el puente de barcas desde la Punta del Boquerón hasta las cercanías del actual muelle de Sancti Petri. El propio Legentil le dice Lévy: “(…) como testigo ocular de ese brillante suceso, voy á contar fielmente lo que pasó: Nuestro movimiento debía empezar á la una de la madrugada; á media noche el Coronel Rousier del 95º habia tomado todas las disposiciones necesarias para asegurar el resultado de su ataque. Los Españoles estaban formados sobre quatro Lineas, a cien toesas (a 200 m) de distancia su reserva estaba a la Cabeza del Puente, una batería, y las Lanchas cañoneras flanqueaban la Línea que ocupaban. Dos y medias Compañias de Cazadores mandadas por un Capitan desembocaron por la derecha, y la izquierda de la Línea, sesenta hombres por el centro, y dos compañias de granaderos formaban la reserva que está pronto a socorrer lo restante del batallón que esta en nuestras líneas. La orden que se dio a las capitanes de Voltigeurs era no permitir que tirasen sus soldados ni un solo fusilazo, arrojar y atacar á la bayoneta á quanto encontrasen y entremezclados con el Enemigo en la Cabeza del Puente, tomando el mayor numero posible de prisioneros. Se observaron exactamente dichas ordenes: Los Españoles fueron (cogidos), unos sobre otros hasta sus retrincheramientos. Las tropas que guardaban la Cabeza del Puente hicieron un terrible fuego de fusil durante dos minutos, pero nuestros Cazadores no respondieron (…) Arrancaron las estacas y saltaron los parapetos al paso de carrera; de 1000 Españoles que los defendían 150 fueron muertos, 90 heridos, 240 ahogados y 493 hechos prisioneros; además se tomaron 34 oficiales y una bandera. Entre los prisioneros cinco son Coroneles, uno de ellos el de ordenes, un sargento del 95º que perseguia al Enemigo en el Puente de balsas encontró en él a un Teniente Coronel que procuraba contener á los fugitivos, se echó sobre él, le cogió por la garganta, se le hizo prisionero”.

A pesar de las bajas, la valentía de los españoles durante el combate consiguió evitar que el puente fue destruido por completo. Y, además, evitaron que los franceses entrasen en la Isla de León. No fue hasta el mismo día 5, a la una, cuando se reconstruyó el puente y pasaron las tropas españolas de Zayas a socorrer a nuestro Ejército en las inmediaciones de Torre Bermeja.

José Redondo El Chiclanero, el “garbo andaluz”

El pasado sábado 13 de marzo recordaba en mi página de Facebook –como cada semana– una nueva efeméride, la del 203 aniversario del nacimiento en nuestra ciudad del torero José Redondo Domínguez, el “Chiclanero”, uno de nuestros más ilustres paisanos. No en vano es de los contados que podemos hallar en el Diccionario de la Real Academia de la Historia. Mucho se ha escrito de él por taurómacos, historiadores y periodistas en el pasado 2018, año del bicentenario. Cada cual, desde su punto de vista, desde su ámbito o especialidad. Yo, como antropólogo social y cultural interesado en la cultura de nuestra ciudad y entendiéndola como su más importante herencia, como su más rico patrimonio, no dejo de pasar ningún registro histórico relacionado con ella y sus gentes.

De esta manera, en una inmersión bibliográfica muy alejada de mis temas favoritos, hallé hace unos años en el libro “La copla y los toros”, de Manuel Román una reseña coplera sobre el “Chiclanero”; unas bulerías cantadas por el jienense Antonio Amaya, que actuaba en la compañía de la gran Celia Gámez como “boy”. Se trata de un romance de los compositores andaluces, Miguel Rodríguez Clemente –de Jerez de la Frontera– y Fernando Rodríguez Algarra –nacido en Almería– sobre nuestro diestro en una ficticia tarde en la plaza de toros de Ronda. Lleva por título “Garbo y Majestad” y comienza así: “Año de 1880 la plaza de Ronda / ¡ozú cómo está! / roscos, vinos y contentos / porque el Chiclanero va a torear. / De Murube son los toros / yo no sé mare que va a pasar / (…) ¡Ay que traje de plata y morao / qué garbo y majestad / si te asusta no mires / porque va a entrar a matar/. De un balcón una jembra dice de repente: / ¡Que le den la oreja, señor presidente! / Ole tu mare el salero / el talento y el valé / Chiclanero, Chiclanero / Ole con ole y olé…”

Otras coplillas rondaron por aquel Madrid de la última revolución romántica (1854) donde a buen seguro hubiese estado Redondo en las barricadas de una de sus calles junto a otros toreros como Francisco Arjona, “Cúchares”, su eterno rival, o nuestro poeta Antonio García Gutiérrez. Una de esas coplillas, muy posterior en el tiempo, la he hallado en un artículo del periódico madrileño “Ya” firmado por Gregorio Bartolomé en 1981 y recogido del romancero popular por el director de música, musicólogo y folklorista, Bonifacio Gil García en su libro “Muertes de toreros españoles”. En él se relaciona a “Paquiro” con Redondo, pero el romance está dedicado a la figura del segundo: “Ya murió Curro Montes; / ya se murió El Chiclanero; / ya faltaron en la plaza / los que tenían salero. / Cuando Redondo salía / con la muleta y estoque, / toda la sal andaluza / derramaba sus recortes (…) Murió el chulo de más garbo / en su tosca juventud, / aquel hijo de Chiclana, / garbo del suelo andaluz. / Murió el espada bizarro / que aplaudió siempre Madrid, / que mataba recibiendo / y era en las suertes gentil. / Al cruzar el camposanto / donde descansa Redondo / dirán los aficionados: / Ya se acabaron los toros”.

Curiosamente en los dos romances aparece la palabra “garbo”. Y no es exageración porque nuestro personaje, además de ser un torero completo y dominador de todas las suertes taurinas de aquellos años, aplaudido por la crítica y el público del tendido, extendía su arte y su garbo fuera del ruedo, en la calle. Garbo, a decir de la Real Academia Española, es tener gallardía, gentileza, buen aire y disposición de cuerpo. Y Redondo tenía todo eso. Dice de él Manuel Román que “las mujeres se lo rifaban y él no las defraudaba”. Esa vida licenciosa le pasó factura. Enfermó de tisis tuberculosa y falleció en Madrid, el 28 de marzo de 1853, a la temprana edad treinta y cinco años. El periódico madrileño, “El Heraldo”, en su crónica sobre el funeral señalaba: “No recordamos ninguna ceremonia ni acontecimiento análogo con que se pueda comparar; las calles del tránsito estaban cuajadas de gentes, y en los balcones todos, se agrupaban multitud de personas. Más de cien coches acompañaron al cortejo fúnebre encabezado por el de gala del gobernador civil de Madrid y los muchos Grandes de España entre ellos el duque de Veragua y títulos varios de los más ricos ganaderos de esta corte”.

Era tan grande su prestigio que no le hizo falta morir en la plaza para alcanzar la gloria, como le dijo años más tarde Valle-Inclán al gran Juan Belmonte, el “Pasmo de Triana”. La justa fama en vida de Redondo, el “garbo andaluz”, fue suficiente para obtener un lugar en el Olimpo de los dioses del toreo.

Chiclana en la provincia de Buenos Aires, gentilicio y toponimia

A partir del siglo XVI Chiclana entra como protagonista en el gran río, solo columbrado hasta entonces, de la Historia de España. Es consecuencia, además de otras circunstancias menores, del descubrimiento y colonización de las Indias Occidentales, lo que más tarde se llamó América. Nunca antes, salvo contadísimas veces, hallamos el topónimo de la villa en escritos y documentos guardados en legajos de archivos nacionales, a excepción de los archivos privados de los duques de Medina Sidonia.

Los primeros chiclaneros que emigraron a América, según nos cuenta el historiador José Garmendia y, nos lo confirma el investigador sevillano Francisco Basallote, fueron dos hermanos: Antonio y Diego de Torres (PAS, 1. E. 483), hijos de Hernando de Torres y Beatriz de Muriel, en 1512, tal vez a la isla La Española. A lo largo de tres siglos, más de un centenar pasarían a América. De entre todos, uno de ellos tomaría el gentilicio de la villa: el pasajero Juan de Chiclana, hijo de Alonso García (Pas.1. E.2517), en 1517. Posiblemente se nos escape alguno con el apellido Chiclana que llegó al río de la Plata, pues el primero de Chiclana que tenemos conocimiento fue Juan Carrasco (Pas. L3. E. 2752), en 1555.

El topónimo de Chiclana en la provincia de Buenos Aires aparece en el siglo XVII con Diego Chiclana (¿) que casó con Luisa Navarro Estebáñez de Cevallos (Buenos Aires, 1662). De dicho matrimonio su primogénito, Dionisio Chiclana Navarro (1682) contrajo nupcias a su vez con María Cuenca Álvarez (1688), cuyo heredero fue Diego Chiclana Cuenca (¿) casado con Margarita Jiménez de Paz Márquez (1724). De ambos nació el miembro más destacado de la estirpe: Feliciano Antonio Chiclana Jiménez de Paz (1761-1826), abogado, jurisconsulto, militar e integrante del Primer Triunvirato que gobernó las Provincias Unidas del Río de la Plata entre 1811 y 1812. A él y a su obra, en favor de la independencia argentina, se debe el nombre de Chiclana en la provincia bonaerense.

Uno de los casos se da en la capital, en el barrio de Boedo. Es la avenida de Chiclana que desemboca, en una de sus partes, en la avenida 25 de mayo. Con anterioridad, en el periodo del caudillo y general, Juan Manuel de Rosas, se le conocía como calle de la Arena. La vía, convertida en río los días de lluvia, era una avenida que arrastraba ingente cantidad de arena y otros elementos no tan naturales como huesos de animales muertos. Así ocurría en todas sus riadas antiguas por ser un valle de poca fertilidad en sus zonas más bajas, adonde llegaba un prehistórico brazo de mar. Por tanto, la zona tenía una pronunciada hondonada donde se formaba una ensenada. Junto a ella, en un alto, se sembraba trigo y se ubicaban varios ranchos. Allí vivían los obreros que atendían al ganado y a los campos de aquellas propiedades. Sin embargo, con el tiempo, aquellas avenidas de lodos trajeron como fruto la urbanización de la franja.

También en otra ciudad, la novena en importancia de Argentina, Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, una de sus más antiguas calles lleva el topónimo de Chiclana. En una de sus intercesiones se ubicó un fuerte defensivo durante los primeros años de su colonización. Después, el paso de la historia hizo de la calle Chiclana y sus esquinas con O´Higgins y Estomba una de las más encumbradas de Bahía donde se asentaron el Banco de la Nación Argentina, el hotel Londres e importantes comercios.

También se debe a don Feliciano el que otros lugares rioplatenses posean, en su honor, el nombre de Chiclana. Quizá la más conocida sea la antigua estación ferroviaria de Chiclana, hoy llamada San Esteban, en la provincia de Buenos Aires, una pequeña población que en 2010 tenía 92 habitantes.

Por otro lado, tampoco ha faltado en la literatura porteña el apellido Chiclana. El caso más conocido es la “milonga culta” escrita por Jorge Luis Borges en 1965: “Milonga de Jacinto Chiclana” a la que le puso música el compositor bonaerense, Astor Piazzola. La historia la escuchó Borges en una confitería meses antes: un matón y pendenciero de los arrabales de Buenos Aires es atacado por otros; él se defiende, pero finalmente lo matan. Escribió Borges: “Me acuerdo. Fue en Balvanera, / en una noche lejana / que alguien dejó caer el nombre / de un tal Jacinto Chiclana”. Y finaliza: “Entre las cosas hay una / de la que no se arrepiente / nadie en la tierra. Esa cosa / es haber sido valiente. / Siempre el coraje es mejor / la esperanza nunca es vana; / vaya pues esta milonga / para Jacinto Chiclana”. Posiblemente cantada por los milonguistas de las avenidas Chiclana y Boedo, aquellos hijos o nietos de los que recitaban a Rubén Dario en 1924.

Descripción de Chiclana en 1847

“Villa, cabeza de partido, situada sobre el río San Pedro, de hermosos campos, aires purísimos, de saludables baños i deliciosas vistas: lugar de solaz i deleite para las familias pudientes de Cádiz i otros muchos pueblos, que acuden á buscar en sus jardines i paseos la tranquilidad i descanso del ánimo, i en sus medicinales i prodigiosas aguas el alivio de dolorosas enfermedades”. Sobre ella, dibujado, el escudo de armas de la villa, con la variante de la corona real y no la ducal como corresponde: “El castillo coronado, cuyo pie baña ese rio que atraviesa el pueblo, al cual llaman (…) Liro, con sendos leones á sus lados”.

Así comienza la descripción de nuestra ciudad en las notas particulares de los pueblos en el “Manual de la provincia de Cádiz” de Luis de Igartuburu, una obra editada en 1847 por la imprenta de la Revista Médica de Cádiz; una reseña naturalizada de la que nos parece que fue aquella villa laureada por el mito “del Aranjuez de la bahía” o “el quitapesares de la gente acaudalada de Cádiz”.

“Su fundación se atribuye a los fenicios, tirios ó sidonios: i el nombre de Tiro, dado á un castillo inmediato (que por corrupción llaman de Liro), indica que quisieron honrar en España la memoria de aquella opulenta ciudad (…) i aunque don Antonio Vega (…) diga que esta villa fue fundada por Alonso Perez de Guzman en 1302, lo mas que puede concederse es que la reedificara; lo cual es tanto mas cierto, cuanto que el sitio en que se supone que Guzman la fundó (…) ya se llamaba Chiclana, sin duda por su anterior población (…) suponiendo que las ruinas que hai á un lado del rio que divide la villa, son de la antigua Chiclana, ó la célebre ciudad de Massia. Los árabes la poseyeron hasta el año de 1251 en que la conquistó el Santo rei D. Fernando”. Siguiendo con las notas históricas nos recuerda el sobrenombre “de la Grana” que acompañaba al topónimo señalando la importancia que tuvo la grana para su economía. Al hacer referencia a la batalla, yerra en el día, de la misma forma que en otros datos: “Es memorable por la sangrienta batalla de 4 de Marzo de 1811 entre los ejércitos francés i español, en la cual quedaron victoriosas nuestras armas”.

De su economía refiere los “dilatados pinares, cosecha toda clase de frutos, i produce frutas i hortalizas sabrosas i abundantes. Sus finas i ligeras alcarrazas son justamente estimadas (…) Celebra una buena feria de ganados…”. Sin embargo, no menciona el importante viñedo, sus vinos y aguardientes. Pero cuando nos describe los baños se extiende en detalles: “Los sulfúreos de la Fuente Amarga i pozo de Braque de Chiclana son conocidos de todos, i bendecidos por los muchos nacionales y extranjeros que les deben su salud i la prolongación de sus días. El llamado pozo de Braque está dentro de la población, situado casi en la falda del cerro de Santa Ana: es un edificio magnífico: el cuadrilongo tiene mas de 3.500 varas cuadras de superficie 38 arcos de piedra labrada (…) forman las galerías i sostienen otro pavimento igual. En las galerías hai mas de 30 cuartos hermosos i capaces, donde se reciben baños minerales, i los de agua común en espaciosas pilas de mármol: en cada una hai dos grifos con sus llaves para llenarlas de agua mineral ó común, conducida por cañerías de plomo. El conocido por Fuente Amarga á 2.000 varas del pueblo, es un cuadrilongo capaz de veinticuatro cuartos pequeños, doce a cada lado, i en donde hubo otros tantos barreños hondos para revivir agua de un gran depósito que la recoge de la fuente. En el día solo existen ocho, i en el sitio que ocupaban los diez i seis restantes han construido hermosas pilas forradas de azulejos, las cuales ofrecen mas comodidad. En uno i otro establecimiento se nota en cada año mas concurrencia”. Con ello nos indica la importancia que tuvieron las aguas de Braque y Fuenteamarga en el siglo XIX.

Esta breve semblanza de Chiclana por Igartuburu finaliza con su presente, el de los años cuarenta del XIX, años difíciles, aunque predice un futuro mejor, más inmediato, por las “Importantes trasformaciones (que) se solicitan en el interior de esta linda población. La carcomida madera de los puentes que conducen de una á otra banda de la villa, será reemplazada por sólidas i durables piedras: la oscuridad peligrosa de las calles será disipada por el alumbrado conveniente: los baches de su terreno serán nivelados por baldosas, con otras varias mejoras, propias del ilustrado celo de su actual alcalde mi querido amigo el Dr. D. Fernando Casas”. Era evidente el mal estado de la villa. Chiclana iba a necesitar un empuje que aún tardaría años en llegar.

Tres cartas de los XIV duques de Medina Sidonia

En más de una ocasión hemos escrito en estas mismas páginas la importancia que tiene para Chiclana, y no solo para su historia sino para su patrimonio, el Archivo Histórico Municipal. Un archivo del que han salido tesis doctorales, investigaciones, libros y artículos históricos. En él, entre sus más de 14 776 unidades archivísticas, hemos hallado dos cartas del XIV duque de Medina Sidonia, Pedro Alcántara de Guzmán el Bueno y López Pacheco (1724-1779) y una de su esposa, Ana de Silva y Álvarez de Toledo. Las tres resultan curiosas por el asunto. Es la primera vez que encontramos unas cartas íntimas y de agradecimiento del duque dirigida al Cabildo, Justicia y Regimiento de la villa.

Todas están fechadas en Madrid, lugar donde residía el duque y del que era natural. La primera dice así: “Bien creo de vuena ley, y afecto que como manifestáis en Carta de 9 del corriente me acompañais en el justo grave quebranto que me ha causado la falta de mi Madre y Sra. la Exma. Sra. Duquesa de Alba (que esté en Gloria) siendo nueva prueba de vuestra fina atención las acordadas exequias por el alma de S. E. y la agradezco, deseoso de contribuir a vuestros alivios. Dios guarde ms. as. Madrid Febrero 18 de 1755. Quien os estima, El Duque”. Se refiere a su madre política, la XI duquesa de Alba de Tormes, María Teresa Álvarez de Toledo y Haro (1691-1755).

Del mismo día 18 es la carta de la señora duquesa: “Estimo mucho el afecto y buena Ley con que me acompañáis en la grave pena que me motiva el fallecimiento de mi Madre y Sra. (que esté en gloria) y lo que acreditais vuestra lealtad en haver acordado se hagan honras en la Parrochial de essa Villa por el alma de S. E. cuya demostración deseo responder en lo que se os ofrezca. Dios guarde ms. as. Madrid Febrero 18 de 1755. Quien más os estima, La Duquesa”.

En la tercera el duque agradece el envío de unos ejemplares del sermón de la misa de honras: “He recibido los exemplares impresos que me haveis dirigido, y quedo en repartir, del Sermon que predicó en la Parrochial de essa Villa por vuestra disposición el Cura Dn. Thomas Cavallero en las exequias que vuestra lealtad y afecto mandó se hiciesen por el Alma de mi Madre y Señora la Exma. Sra. Duquesa de Alba (que esté en gloria) y por todo os repito mi agradecimiento, deseoso de lo que contribuya a vuestras satisfacciones. Dios guarde ms. as. Madrid, Agosto 19 de 1755. Quien os estima, El Duque”.

Las tres cartas nos han motivado a hacer una breve semblanza del XIV duque de Medina Sidonia, un hombre ilustrado, humanista, preclaro hijo de su tiempo; amante de las letras, la música, la danza, la esgrima y la equitación. Gran lector –tenía dos bibliotecas, la expuesta a sus amigos en su sala de lectura y una privada de libros prohibidos de Locke, Diderot, Rousseau… escondida en un aljibe. Compartió amistad con importantes figuras de la política, entre otros, Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada, Campomanes y Aranda. Y de grandes hombres de las letras y la ciencia en la España de la segunda parte del siglo XVIII: Moratín, Antonio de Ulloa, Jorge Juan… Fue educado bajo la estricta vigilancia de su madre, Josefa López Pacheco, por educadores del prestigio: Gregorio Mayans y Ciscar y Tiburcio Zapata. Entre sus libros de texto se hallaban “El Quijote”, el “Lazarillo de Tormes”, la “Perfecta Casada”, las “Fábulas de Fedro” y textos de Gracián. En 1738, con tan solo 14 años el rey Felipe V le nombró Llave de gentilhombre y Grande de España. Al año siguiente, falleció su padre, Domingo Pérez de Guzmán el Bueno, XIII duque de Medina Sidonia. Su madre le llevó a conocer sus estados en Andalucía quedando desde entonces comprometido con la tierra y, en la mejora y bienestar de sus gentes. Posteriormente fue académico de la Real Academia Española –silla L– que fundó su abuelo materno durante el primer reinado de Felipe V; caballerizo mayor del rey y caballero de la Real Orden del Toisón de Oro.

Sin olvidar aquel primer viaje, Pedro Alcántara de Guzmán el Bueno, realizó en sus estados andaluces reformas sociales y agrarias en un intento de mejorar la sociedad del Antiguo Régimen. Proyectó repartos de tierras a los más clases necesitadas y la fundación de poblaciones satélites cercanas a las de la población de origen. Asimismo, protegió a científicos y artistas andaluces –entre otros, a nuestro torero José Cándido– introduciendo en los pueblos de sus señoríos las sociedades Amigos del País. Falleció en Villafranca del Penedés, cuando se dirigía a Francia, tal vez envenenado por quienes les molestaban sus ideas liberales en el régimen absolutista de Carlos III.

Los gastos adicionales del puente de Isabel II

Todavía muchos ciudadanos de Chiclana recordamos, de manera individual y social, el antiguo Puente Grande –llamado oficialmente puente de Isabel II– como un símbolo añejo de la ciudad. Un puente que dentro de los procesos de interpretación de nuestra historia urbana tiene un significado en nuestra memoria colectiva urbanita con un antes y un después. Antes de la riada de 1965 y después de ella, con su demolición –aunque la fuerza de la gran riada no afectó para nada su sólida construcción–. Quizá por su tosquedad frente al Puente Chico, elegante y coqueto en su diseño, es menos añorado. Pero no menos importante para la historia de Chiclana.

La primera idea para su construcción tiene su origen el año de 1840, cuando el antiguo puente grande de madera –a cien pasos del puente chico, dice Madoz– pasaba por la necesidad de una gran reforma y reparaciones con el cambio de los grandes pilares y la mejora de sus tablas desgastadas por el paso de carruajes y carros de mercancía. El Cabildo solicitó al gobierno de S. M. la reina Isabel II poder cobrar arbitrios para dicha reparación y la comisión de Fomento optó por un puente de cantería, más moderno y eficaz. Así, a finales de junio, el alcalde de la villa de Chiclana, Pedro Tocino, reunió al cabildo y a los mayores contribuyentes, en sesión abierta, para tratar sobre el arbitrio que habría que imponer para cubrir el déficit municipal en la construcción del pretendido puente de sillería.

No existe documentación del inicio de sus obras, aunque sí tenemos noticias en 1861 de la construcción de un puente sufragado por el Estado en sus dos terceras partes, y el resto por el Ayuntamiento, con los arbitrios impuestos a sus vecinos. Un gran esfuerzo económico para la ciudad y sus habitantes, pero que supondría una mejora en la comunicación, interacción social y comercial, no solo entre La Banda y El Lugar, sino también con Cádiz capital, San Fernando, Jerez y Medina Sidonia.

El 20 de septiembre el alcalde, Juan Galindo Serrano, firmaba la certificación de los gastos con los siguientes recursos: “el veinte por ciento de recargo extraordinario de la Contribución territorial 1862 (…) el ochenta por ciento de recargo extraordinario en la contribución del Subsidio Industrial y de comercio del referido año de 1862 (…) y la tercera parte del liquido importe del ochenta por ciento de los bienes de Propios enagenados”. Y, además, “habría que invertirse en título al portador de las inscripciones nominativas procedentes del ochenta por ciento de las fincas de Propios enagenadas”. Así, con estos importantes recursos, se cubría un total de 285.816,67 reales de vellón, la cantidad que le correspondía abonar al municipio.

A principios de 1863 el puente de piedra sillar apoyado en sólidos estribos con un solo arco ya era una realidad. Sin embargo, aún con el puente terminado, faltaban las obras adicionales de la carretera de segundo orden de Cádiz a Málaga, más tarde nacional 340, que por Real Orden comunicaba el gobernador civil de la provincia “ de conformidad con el dictamen de la (…) Junta Consultiva ha tenido a bien aprobar el proyecto adicional remitido (…) del ingeniero jefe D. José Gutierrez Cea, cuyo importe sin contar con los diez y siete mil novecientos setenta y cuatro reales setenta y cinco centimos que en el se estampan por el cinco por ciento de gastos de la administración y dirección que no procede el abono al contratista”. El importe ascendía a la cantidad de 359.494,97 reales de vellón, de la que una cuarta parte tendría que abonar el consistorio chiclanero.

Enterado el Ayuntamiento se debatió el asunto en la sesión del 1 de febrero de 1863 “ (…) y después de una detenida conferencia, considerando que estas obras adicionales son mas utilizadas para la carretera que se construye que para el Puente de cantería acordó por unanimidad se formule la mas reverente oposición a S.M. la Reyna (Q.D.G.) á efecto de conseguir de su Real munificencia –generosidad espléndida–se digne declarar que el enunciado costo (…) se sufrague con fondos del Estado encargándose el despacho de este asunto á los Sres. de la Comisión de Hacienda, quienes estando presentes ofrecieron desempeñarlo según esta acordado”.

De nada sirvieron la presentación del memorial suplicante al Gobierno de S. M. ni otros recursos. Una R.O. de 29 de julio autorizaba al Ayuntamiento “convertir en títulos al portador las Laminas de deuda intransferibles que hasta ahora le han sido entregadas por productos del ochenta por ciento de sus Propios enagenados, con el fin de (…) á que esta obligada la Villa” por el costo del nuevo puente.

Ciento seis años después, y en otras circunstancias –la riada–, un nuevo puente lo reemplazaría: el de Nuestra Señora de los Remedios.

Vestigios arqueológicos romanos en Chiclana

La posición geográfica de nuestro término municipal, antes con una geomorfología muy diferente a la actual y siempre unida al gran alfoz de la antigua Gadir, fue determinante para su conquista por Roma. Las legiones romanas se plantaron ante las puertas de Gades en el año 206 a. C. y el concejo de ancianos de la ciudad decidió abrir sus puertas al invasor romano. De esta manera, Gades pronto se convirtió, tras un proceso de asimilación y enculturación, en el gran referente de la romanización desde los núcleos poblaciones cercanos o los de entorno a la bahía –islas gaditanas–hasta más allá de la campiña gaditana de la época.

Uno de ellos era nuestra Chiclana cuyo topónimo romano desconocemos con exactitud, pues aún está por averiguar en nuestra contemporaneidad de manera científica, el verdadero, a pesar de las distintas aproximaciones: Ituci, Sicania, Cippianus, Sicculana, Caeciliana… No obstante, sea cual fuese, era un territorio cercano a Gades por mar gracias a sus dos prehistóricos ríos, Besilo – Iro– y el posteriormente llamado Sancti Petrus –Sancti Petri–, además de por tierra a través de la vía Heracles y sus distintos ramales. Así mismo, formó parte importante del comercio que se desarrollaba en el extenso “conventus gaditanus” en sus numerosas “civitas” y “villaes”, propias de la ordenación jurídica romana. Lo cierto es que fue progresando como “civitas” sobre anteriores asentamientos de otras culturas civilizatorias como la fenicia, la tartésica, la turdetana… de carácter urbano en el actual cerro del Castillo; importantísimo yacimiento arqueológico fenicio descubierto en septiembre de 2006 por los arqueólogos, Paloma Bueno Serrano y Juan Cerpa Niño, que ha puesto a Chiclana en el mapa histórico mundial de ciudades fenicias.

Además de estos vestigios importantes de las culturas antes mencionadas, nuestros arqueólogos hallaron restos romanos en todo el entorno del cerro, desde el colegio público El Castillo hasta la calle del Convento. En su ladera sur excavaron un horno alfarero romano y numerosos restos de recipientes de pequeño y mediano tamaño, así como hacia la vertiente más baja –en la calle del Convento– se encontraron otros dos hornos que por sus “estructuras y producción se pueden datar en el Alto Imperio, en época de Augusto y Julio-Claudia”, (Bueno y Cerpa, 2006). La ocupación romana, entre los siglos I-IV d. C. demuestra un “continuum” urbano desde la cima del cerro hasta las inmediaciones de la zona del Santo Cristo. También, y bajando la ladera en su parte noroeste, en la calle de la Fuente se halló hace años un horno circular del siglo I d. C. (M. Beltrán, 1977). Más lejano del centro histórico, otro en huerta del Rosario.

En la zona de La Barrosa, justamente en la Loma del Puerco, se excavó un taller alfarero con varios hornos datados en los siglos I-II d. C. en el que participó nuestra paisana y arqueóloga Rita Benítez Mota en 1995. Y en la zona de El Fontanal, verdadero complejo alfarero, se hallaron diversos alfares cercanos al anterior en el pago de las Majadillas, Casa de Huertas (Lagóstena Barrios y Bernal Casasola). Todos ellos imprescindibles para el transporte de mercancías de la zona: vino, aceite, sal, salazones y el famoso “garum gaditanum”. Más vestigios alfareros se han podido hallar entre Sancti Petri y Chiclana, según Pérez Corzo (Bock de Cano, 2005) y en el coto de la Isleta. Caso especial es el área marítima de Santi Petri, junto al templo del Hércules gaditano, con restos submarinos romanos hallados en el pasado siglo: ánforas, cepos de plomo, anclas rezones, diversas estatuas de Hércules, un emperador divinizado y el thoracato.

 

Otro de los vestigios romanos sobresalientes de Chiclana–en sus dos acepciones, como importante y como majestuoso– es la torre de Los Arquillos perteneciente al gran acueducto romano que llegaba a Gades –el noveno en longitud de todo el Imperio– partiendo del Tempul en el actual municipio de San José del Valle bordeando parte de nuestro territorio, justo por la línea divisoria con el término de Puerto Real. Además, no debemos de olvidar el asentamiento prehistórico de La Mesa que en este periodo se convirtió en una unidad habitacional tipo “villae” rústica. Allí se han hallado (Ramos, 1998) numerosos restos cerámicos de diversos tipos, fragmentos de “terra sigillata”, monedas, lucernas… Y recientemente con la publicación de los estudios sobre el asentamiento prehistórico de la Esparragosa sus autores (Vijande, Ramos, Fernández, Cantillo y Pérez, 2002-03) han evidenciado su importancia a lo largo de los siglos de una “intensa ocupación” constatando que durante el periodo romano existió un taller de alfarería del periodo de Augusto y en el siglo I d. C.

Esta breve aproximación a los vestigios romanos encontrados en Chiclana queda abierta a nuevos yacimientos y nuevos datos. Por tanto, la presencia de Roma en nuestro municipio, esencial para conocer nuestra historia y saber que forman parte de nuestro patrimonio histórico y cultural.